La instalación de megacentros de datos en América Latina pone en jaque las reservas de agua potable. Entre la promesa de inversión millonaria y la resistencia ciudadana surge una pregunta: ¿cuánta agua estamos dispuestos a sacrificar por un clic?
Por Soledad Aquino
Existe una infinidad de información sobre el auge de la Inteligencia Artificial (IA) y la proliferación de centros de datos. Sin embargo, poco se profundiza en el uso excesivo de recursos vitales para el ser humano, como el agua dulce y la energía eléctrica.
A pesar de que los datos circulan con la rapidez del viento, persiste una controversia sobre lo que implica sostener el uso de estas tecnologias denominadas Modelos de Lenguaje Extensos (LLM).
Herramientas como GPT-4 requieren una cantidad inmensa de energía que se traduce en calor. Para evitar que los servidores colapsen, la industria utiliza sistemas de refrigeración por evaporación que consumen millones de litros de agua dulce.
Un estudio de la Universidad de California, Riverside, liderado por el investigador Shaolei Ren en 2023, reveló que realizar entre 20 y 50 consultas a ChatGPT consume aproximadamente medio litro de agua, que se pierde en forma de vapor.
Asimismo, el entrenamiento del modelo GPT-3 en los centros de datos de Microsoft, considerados de última generación, demandó alrededor de 700.000 litros de agua dulce en solo dos semanas. Esta cifra es comparable con la misma cantidad necesaria para fabricar unos 370 automóviles BMW o 320 vehículos Tesla.
“Cada vez que entablas una conversación con un chatbot, la IA consume medio litro de agua”, advierte el informe de Ren. En un mundo donde millones de personas interactúan con la IA cada minuto, el vaso de agua se convierte en un océano.
¿Por qué la IA necesita agua potable?
La explicación es muy simple. Los centros de datos albergan chips de última generación (como las GPU H100 de NVIDIA) que transforman casi toda la electricidad que consumen en calor. Sin un sistema de refrigeración constante, las máquinas se sobrecalentarían hasta quedar inservibles. Las torres de enfriamiento hacen circular agua para absorber ese calor y luego la evaporan hacia la atmósfera.
Aquí surge otra pregunta: ¿por qué no utilizar agua de mar?
La respuesta es que la salinidad y los minerales corroerían los microchips y las tuberías. Por eso, las tecnológicas compiten directamente por el agua potable, suave y limpia, la misma que llega a los grifos de los hogares.
Es cierto que el uso industrial del agua no es nuevo; la ganadería, la agricultura y la fabricación de textiles o refrescos consumen volúmenes masivos.
Entonces, ¿por qué es tan alarmante que la IA lo haga?
El problema crítico surge cuando estas empresas se instalan en zonas con estrés hídrico o sequías prolongadas, disputando el recurso con el consumo humano y el riego agrícola. Esta presión, sumada a la falta de consulta y transparencia pública, genera miedos y desconfianza de las poblaciones locales.
Casos donde la voz ciudadana pudo más (Uruguay, Chile)
En los últimos años, varios puntos de la región se han convertido en tribunales de resistencia contra gigantes como Google, Microsoft y Meta.
En 2023, mientras Uruguay sufría su peor sequía en siete décadas, se filtró que el proyecto de Google en Canelones consumiría 7.6 millones de litros diarios. La presión de colectivos como la “Comisión en Defensa del Agua y la Vida” forzó a la empresa a dar marcha atrás. En 2025 anunciaron un rediseño total para utilizar refrigeración por aire, un método más costoso para la firma, pero menos invasivo para el ecosistema uruguayo.
Un escenario similar se vivió en Chile en 2024. Vecinos de la comuna de Cerrillos, en Santiago, frenaron un proyecto de Google de USD 150 millones, argumentando que la extracción de pozos profundos en el acuífero Santiago Central era insostenible. En septiembre de ese año, la empresa retiró su solicitud de permisos, marcando un precedente histórico para la soberanía ambiental en la región.
En Paraguay, el debate sobre el impacto ambiental de estas infraestructuras es prácticamente inexistente, pese a que ya operan al menos diez instalaciones en el territorio. Mientras el Estado celebra la llegada del mayor Centro de Datos de IA de América Latina, un proyecto de la firma X8Cloud IA con una inversión de USD 150 millones, el enfoque oficial se limita a promocionar la abundancia hídrica y la capacidad energética de Itaipú y Yacyretá.
Esta visión ignora que el país enfrenta hoy los veranos más extremos de la región y una crisis recurrente de incendios forestales. En este escenario de fragilidad climática, la pregunta sobre si nuestros ecosistemas soportarán esta carga permanece, por ahora, sin respuesta oficial.
¿Y qué pasa con el daño colateral?
Existe un impacto cualitativo y sistémico que las grandes tecnológicas suelen omitir en sus informes de “neutralidad hídrica”, los cuales suelen centrarse en promedios globales y no en desastres locales. No toda el agua se evapora; una parte considerable se descarga en la red de alcantarillado o en cauces superficiales. El problema es que esta agua regresa con una temperatura significativamente más alta y cargada de productos químicos (biocidas y anticorrosivos) utilizados para mantener las tuberías limpias.
Según la Agencia de Protección Ambiental (EPA), el vertido de agua caliente reduce el oxígeno en el agua, creando “zonas muertas” donde la biodiversidad acuática perece.
Aunque algunos expertos de la industria aseguran que el agua se devuelve filtrada y limpia, la contaminación térmica sigue siendo una amenaza invisible.
A esto se suma la “huella hídrica fuera de sitio”.
Un estudio de la Universidad de Virginia destaca que por cada kWh consumido en la nube, se gastan litros adicionales en la planta eléctrica que suministra la energía. Si la fuente es hidroeléctrica, la evaporación en las represas también es, técnicamente, una pérdida atribuible a la IA.
Para lavar su imagen, empresas como Google y Microsoft prometen transitar hacia el uso de “aguas grises” (tratadas). Sin embargo, la Dra. Aurora Torres, investigadora de sostenibilidad en la Universidad de Alicante, advierte que esto podría generar una competencia desleal: al desviar agua tratada hacia los servidores, se le resta ese recurso a agricultores que dependen de ella para el riego, simplemente desplazando el problema de un sector a otro.
Para mitigar este impacto, los expertos proponen algunas medidas
Las leyes deben obligar a las empresas a publicar su consumo de agua por instalación específica, no promedios globales. Las personas tienen derecho a saber cuántos litros de agua se extraen del acuífero, el río o lago que alimenta su ciudad.
Otra de las propuestas es la implementación de impuestos proporcionales a la escasez de agua en la región donde se instala el centro de datos.
Esto incentivaría a las empresas a mudarse a climas fríos (como los países nórdicos) en lugar de regiones áridas con beneficios fiscales.
También se debería establecer por ley que, en caso de sequía declarada, los centros de datos deben ser los primeros en ver recortado su suministro, priorizando siempre la agricultura y el consumo doméstico.
Y por último, crear etiquetas de eficiencia hídrica para los modelos de lenguaje, permitiendo que el usuario final sepa si la herramienta que usa fue entrenada de forma responsable.
Si permitimos que el desarrollo de la “mente” de las máquinas agote el cuerpo de la tierra, habremos fallado en la prueba de inteligencia más importante de todas, la de nuestra propia supervivencia. El éxito de la IA se medirá, finalmente, por la claridad del agua que deje a su paso.
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