Videojuegos: ¿Cómo usarlos para entrenar habilidades cognitivas?

Los videojuegos presentan un extraordinario universo de desafíos cognitivos y emocionales.  Pero su exceso, como en la mayoría de los vicios, aliena. Acá el artículo de un gamer, especializado en Mulimedios y Cine.

Por Jorge Samson Blaires

Todo inició un día mágico a mis 7 años, con la llegada a casa de nuestra primera consola de videojuegos: el SNES, también conocido como “Súper Nintendo”.

Recuerdo con una poderosa combinación de nostalgia y calidez aquel primer juego que encendió en mi interior un mundo de posibilidades: no solo de entretenimiento, sino de exploración continua.

Era un juego de dos cavernícolas que tenían que sortear obstáculos y enfrentarse a dinosaurios (otra de mis grandes pasiones de niño). El título era Joe & Mac, un clásico juego de plataformas con controles sencillos, pero con desafíos que iban in crescendo a medida que uno avanzaba nivel a nivel.

Luego la aventura siguió con el ineludible Super Mario World, con su entrañable y único diseño de niveles y personajes, para después poblarse de otros juegos de deportes, peleas, RPG (juegos de rol), e incluso uno que era directamente un placer creativo casi sin límites: Mario Paint.

Pero más allá de nombrar el maravilloso catálogo de juegos de aquel entonces, quisiera profundizar en un aspecto que, visto en retrospectiva, fue central: la aparición constante de la perseverancia como eje de comportamiento. Dicho de manera simple: seguir intentando hasta pasar de nivel.

En aquella época (1992 a 1999), muy poca gente tenía acceso a internet y no existía la comparación constante del desempeño de un jugador con el otro.

Las “métricas” eran otras: las juntadas, las pijamadas, las conversaciones cara a cara sobre trucos, secretos, mapas dibujados a mano, y esa mezcla de frustración y orgullo cuando por fin algo salía. Y esa es, justamente, la puerta de entrada a mi pregunta actual: hoy me toca, como padre, involucrarme en este aspecto del crecimiento de mis hijos y ayudarles a construir un vínculo positivo con los videojuegos, evitando —en la medida de lo posible— los vicios del gaming nocivo o abusivo que termina aislando y empobreciendo hábitos esenciales.

El punto de partida más útil es abandonar los extremos. La investigación contemporánea ya no sostiene con seriedad una idea binaria del tipo “videojuegos = malos” o “videojuegos = geniales para todo”.

En cambio, el consenso académico se parece más a esto: los efectos dependen del tipo de juego, de la dosis y del contexto. Una revisión influyente en psicología del desarrollo resume beneficios potenciales en cuatro dominios —cognitivo, motivacional, emocional y social— y propone mecanismos plausibles (reto progresivo, feedback inmediato, aprendizaje por ensayo-error y autorregulación). Y un meta-análisis especializado en videojuegos de acción encuentra evidencia robusta, en promedio, para mejoras en atención top-down y cognición espacial, aunque advierte limitaciones metodológicas y señala el sesgo de publicación como amenaza real (con efectos publicados estimados como mayores que los del “conjunto total” de evidencia).

Con esa base, la conversación en casa cambia por completo: ya no es “¿los dejo jugar o no?”, sino qué juegos, cuánto, cómo y para qué.

¿Qué habilidades cognitivas pueden entrenar los videojuegos?

Atención y control atencional

Algunos videojuegos exigen un trabajo atencional intenso: monitorear el entorno, priorizar señales relevantes, anticipar patrones y filtrar distractores. Un estudio en Neuropsychologia administró el Attentional Network Test (ANT) a jugadores y no jugadores de videojuegos de acción de entre 7 y 22 años, con el objetivo de caracterizar cambios/plasticidad asociados al entrenamiento atencional por este tipo de juego.

A nivel de evidencia agregada, el meta-análisis de Bediou y colaboradores reporta que el juego de acción mejora de forma robusta dominios como la atención top-down (dirigir la atención de manera voluntaria) y la cognición espacial, con “señales alentadoras” en percepción.

Traducción práctica al mundo retro: muchos títulos de SNES —especialmente los de plataformas— entrenan timing, coordinación ojo-mano y atención sostenida a través de secuencias cortas de reto y retroalimentación inmediata (el error es claro, la corrección también). El beneficio potencial no es “mágico”: aparece cuando hay sesiones acotadas y el niño no juega saturado o sin pausa.

Cognición espacial y navegación

La cognición espacial es uno de los dominios donde la literatura tiende a mostrar resultados más consistentes en ciertos géneros. Pero lo interesante es que no se trata solo de desempeño en tests: también hay trabajos en neurociencia con indicadores de plasticidad.

Un estudio longitudinal reportó que el entrenamiento con un videojuego comercial tipo plataformas (estilo Super Mario) se asoció con aumentos de materia gris en áreas “cruciales para navegación espacial, planificación estratégica, memoria de trabajo y desempeño motor”.

Traducción práctica al mundo retro: aventuras con exploración y mapas (y cierto grado de “volver hacia atrás” con nuevas habilidades) pueden entrenar orientación, memoria de rutas y objetivos.

Persistencia, tolerancia a la frustración y autorregulación

Acá volvemos al recuerdo de infancia: “seguir intentando hasta pasar de nivel”. Ese patrón, bien encuadrado, es valioso. La revisión de Granic, Lobel y Engels pone énfasis en que los videojuegos pueden aportar no solo a lo cognitivo “duro”, sino también a dominios motivacionales y emocionales, en parte por su estructura: retos graduados, feedback claro, sensación de progreso y oportunidades constantes de ensayo-error.

En crianza, esa estructura puede ser una escuela práctica de regulación: aprender a respirar, pausar, cambiar estrategia, pedir ayuda y volver a intentar.

Si tu objetivo es introducir videojuegos alrededor de los 7 años con un enfoque formativo, el retro tiene una ventaja cultural y técnica: es más fácil de contener. Es decir, comparándolo con el estilo de gaming actual, existe menos “economía de permanencia”: no hay pases de batalla, loot boxes (que serían como gratificaciones inmerecidas) ni recompensas diseñadas para retener al jugador por horas. Lo lindo del gaming retro es que se sostiene en base a sesiones con cierre natural: niveles, pantallas, partidas cortas, “game over” que invita a parar o a intentarlo de nuevo con un objetivo claro.

A veces, mamá nos dejaba solo un par de horas en lo de un amigo a jugar; y eso ya era suficiente para darle un buen par de vueltas a un clásico sin saturar nuestro día.

Dicho simple: el retro facilita que el videojuego sea una actividad delimitada, no un “ecosistema”.

Lo que conviene evitar es venderlo como “aumento general de inteligencia” o como solución educativa universal. Los videojuegos también tienen su lado oscuro y negarlo como padre (y sobre todo como gamer), sería caer en una contradicción importante e insostenible.

Por ende, se puede pensar en un marco práctico para familias, sustentado por una crianza atenta y no “disociada”: Resumida en las 3C (Contenido, Contexto, Cantidad)

1) Contenido

Hay que elegir juegos acordes a la edad y al temperamento del niño, con retos claros y posibilidad de pausa. El objetivo no es “prohibir todo conflicto”, sino evitar intensidades que sobrepasen la capacidad de procesamiento emocional del niño.

 

2) Contexto (el verdadero multiplicador)

Si mi meta como padre es el desarrollo de mis hijos, el contexto pesa tanto como el juego. La revisión en psicología del desarrollo enfatiza mecanismos como aprendizaje por reto y autorregulación, que se potencian cuando el adulto ayuda al niño a poner lenguaje a lo vivido.

Una forma simple de entenderlo:

– 1 o 2 sesiones semanales de co-juego (papá/mamá y niño), seguidas de una conversación breve al final.

3) Cantidad (dosis realista)

Un punto de partida razonable para 7–9 años:

2–4 días por semana (a mí y a mis hermanos nos dejaban jugar primero 2 días, solo fines de semana y conforme fuimos madurando, esto se expandió)

30–60 minutos por sesión. Sin tocar sueño, movimiento, escuela, lectura y vida familiar.

La misma literatura que nos cuenta acerca de los beneficios también nos advierte que hacen falta mejores datos sobre dosis y generalización, así que más horas no equivale a más desarrollo. O sea, jugar mucho porque sí, tampoco genera beneficios si no se tiene en cuenta el equilibrio.

El riesgo cotidiano más común no es neurológico: es desplazamiento.

Cuando el juego se come sueño, ejercicio, lectura o vínculos, deja de sumar. A eso se suman señales de alerta conductual: irritabilidad desproporcionada al cortar, mentiras repetidas sobre el tiempo o pérdida persistente de interés por otras actividades. En esto, vale decir, es igual a cualquier mal hábito o vicio, ya que trastorna el ocio que bien podría servir para explorar o para crear, en algo que se consume a sí mismo de manera lujuriosa e impetuosa.

Un enfoque preventivo funciona mejor que uno punitivo: reglas claras, horarios, alternativas atractivas fuera de pantalla y coherencia adulta. Cuando yo miro hacia atrás, encuentro una palabra que explica gran parte de mi experiencia con la Super Nintendo: perseverancia (que también es como inicié este artículo). Hoy, como padre, mi objetivo no es replicar exactamente mi infancia, sino rescatar lo mejor: el juego como reto, como aprendizaje, como vínculo. Como algo que maximice y sume y no que reste o aliene a la persona. Que se formen juntadas, que se armen torneos de Mario Kart en casa. En persona y compartiendo joysticks.

Espero con ansias el cumpleaños No. 7 de mis hijos. Un mundo de aventuras y crecimiento nos espera.

Referencias bibliográficas:

Granic, I., Lobel, A., & Engels, R. C. M. E. (2014). Los beneficios de jugar videojuegos.

Dye, M. W. G., Green, C. S., & Bavelier, D. (2009). El desarrollo de habilidades de atención en jugadores de videojuegos de acción.

Bediou, B., et al. (2018). Metaanálisis del impacto de los videojuegos de acción en habilidades perceptivas, atencionales y cognitivas.

Kühn, S., et al. (2014). Jugar Super Mario induce plasticidad estructural cerebral.

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