“Es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico”, expresa la nueva encíclica papal Magnífica Humanitas.
El Papa León XIV presentó la encíclica Magnífica Humanitas, un conjunto de reflexiones y sugerencias en torno de las nuevas tecnologías, especialmente la Inteligencia Artificial. Lo hace en el mes aniversario de la encíclica Rerum Novarun (Nuevos Asuntos), presentada el 18 de mayo de 1981, en plena época de revolución industrial en Europa, Estados Unidos y Japón.
Entonces, las jornadas laborales se extendían de 14 y más horas, había trabajo infantil, salarios miserables y cero derechos laborales. Era también un tiempo en que las ideas socialistas unificaban grandes luchas obreras.
En sus párrafos introductorios, refiere que en los últimos tiempos años se ha hecho cada vez más evidente “cuán rápida y profundamente la digitalización, la inteligencia artificial y la robótica están transformando nuestro mundo”.
Sostiene que la técnica no debe considerarse, en sí misma, como una fuerza antagónica respecto a la persona; por el contrario, “está arraigada en nuestra historia desde el principio”.
Se asume en el documento que, a lo largo de los siglos, el desarrollo tecnológico ha contribuido a una manera significativa de las condiciones de vida de la humanidad. “Al mismo tiempo, cada etapa del progreso también ha puesto de manifiesto el lado ambiguo de instrumentos capaces de causar daño cuando no se orientación hacia el bien”.
Según la encíclica, hoy nos encontramos ante una situación nueva, en la “que el poder y la omnipresencia de las tecnologías emergentes se entrelazan con la vida cotidiana, moldean procesos de tomas de decisiones e inciden profundamente en el imaginario colectivo”.
Sostiene que el horizonte de las nuevas tecnologías puede tomar diversas direcciones. Esto hace, por en cuanto, más complejo “evaluar su impacto y sus efectos a largo plazo sobre la dignidad de las personas y el bien común”.
Lo que ahora corresponde, dice, es “asumir con lucidez y responsabilidad los retos de nuestro tiempo”.
Y que, por eso, “es necesario adoptar instrumentos normativos adecuados, capaces de salvaguardar la justicia y de contener los efectos distorsionadores del poder tecnológico”
Pero la cuestión -agrega- no se limita a la regulación. “Como advertía el Papa Francisco, debemos preguntarnos con realismo quién detenta hoy ese poder y hacia qué fines lo orienta”.
Un dominio impresionante
La encíclica sostiene que no se puede ignorar que la energía nuclear, la biotecnología, la informática, el conocimiento de nuestro propio ADN, dan a quienes “tienen el poder económico para explotarlos, un dominio impresionante sobre el conjunto de la humanidad y el mundo entero”
De la iniciativa del Estado a la iniciativa privada
Recuerda que en el pasado eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación, pero que, hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, “a menudo trasnacionales, dotados de recursos y capacidad de acceso superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente privado, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común”.