Miguel Ruiz y Wilma Cristina Aquino comenzaron con un capital de G. 10 millones y tres máquinas de coser. Hoy, Sport Unión tiene un valor patrimonial de más de G. 2.000 millones. Esta es la fascinante historia de una pareja que un día se hartó de sus trabajos anteriores y se dijo: “Vamos, probemos, jajapo”. Hoy, con todas las máquinas y 15 trabajadores, hacen de todo en el mundo de las remeras y prendas deportivas.
Se miraron un flash, tragando saliva para no abrir la boca de estupefacción. No lo podían creer. Un directivo del Colegio Eduvigis Díaz, del kilómetro 20 de la Ruta 1, estaba frente a ellos, en su pequeño taller de costura, pidiéndoles 1.700 remeras para todos los cursos del colegio que debían participar en las olimpiadas escolares de ese año. Era 2010.
Con sus tres máquinas de coser, hasta ese momento Miguel y Cristina habían hecho remeras en tandas de entre 40 y 100 unidades.
Ya con la boca seca, volvieron a mirarse, movieron la cabeza de arriba abajo asumiendo un sí, vamos. Sellaron el trato de palabra, sin entender la dimensión que implicaba aquello.
Ya en el mate de la mañana, cavilaron: “Tal vez no vuelva, tal vez fue solo un desafío. Alguien que nos quería probar”.
Unos días después, aquel directivo volvió para sellar el trato formal con un adelanto de 35 millones. Los ojos otra vez se les abrieron por completo. Una suma así nunca la habían visto en sus vidas, ni en el trabajo de imprenta de Miguel, ni en el trabajo anterior de Cristina, en Recursos Humanos de una empresa de vestuario de seguridad industrial.
Esa fue la prueba de fuego. Allí, Miguel sacó de la galera todos sus conocimientos en impresión y Cristina, los suyos en costura.
En las empresas en las que trabajó, Miguel había pasado por todos los procesos: montaje, intercalado, colometría, encuadernación.
Sabía de dónde conseguir tal cosa y tal otra. Sin que les cayera todavía la ficha de todo lo que significaba terminar 1.700 remeras, se pusieron manos a la obra.
Dormían sobre las máquinas y amanecían entre los retazos de las estampas. Ambos asumen que en esos 22 días durmieron dos o tres horas por día.
Y, ¿saben qué? Exhaustos, a punto de ponerse palillos en los ojos para mantenerse despiertos, entregaron a tiempo las 1.700 remeras.
La expansión
Con la ganancia y un primer crédito de la cooperativa de Cristina, compraron la primera máquina de impresión.
Y así, con el tiempo, el dinero que les sobraba iba a parar a la compra de máquinas de última generación.
Una vez, por impulso de Miguel, compraron una que no sabían cómo se usaba. La empresa que se las había vendido, con promesa de asesoramiento profesional, simplemente se hizo la ñembotavy. La tuvieron parada durante seis meses.
Actualmente, desde hace unos ocho años, han completado todo el proceso.
Aunque no podamos dimensionarlo, todo el proceso significa: compra de telas, diseño, corte, impresiones —lo que llaman sublimación, es decir, el estampado de las insignias, los logos y los auspiciantes—, unión de los retazos, costura parte por parte y luego el todo. Ah, y el planchado. Impecable. Al inicio, Miguel y Cristina contaban con una sola trabajadora. Ahora tienen 15.
Pero vayamos por partes, he’i pe jaikuáva.
Miguel es muy guapo, asume Cristina. Miguel la mira, también orgulloso de sí y de su pareja. A Miguel siempre le gustó entender todo el proceso en una faena, tanto artesanal como industrial.
Fue así que desde los 11 años, cuando trabajaba en lo de los japoneses —así se les decía a los dueños de las grandes extensiones de plantación de verduras de la región (hasta ahora subsisten algunas)—, aprendió a plantar, cosechar, limpiar el sendero, fumigar, irrigar y hasta arreglar los caños de hidrigación.
Con esa misma curiosidad, cuando trabajó en Lito Color, miró, observó, practicó y, de ayudante, en pocos meses ya fue nombrado oficial de imprenta. Estaba encantado con los olores y los colores, así que estudió colometría. Por suerte, se dice ahora, para estudiar no se necesitaba haber terminado el bachillerato. Metido en el trabajo y en la curiosidad técnica de las tareas, él había abandonado el colegio en el segundo curso antiguo, lo que hoy sería el octavo grado.
De ese trabajo pasó a una imprenta más chica, donde ya “hice de todo”. De ahí a una empresa que se estaba reponiendo de una quiebra, a la que sacó adelante con sus conocimientos. Pero, siendo el único oficial de imprenta, trabajaba hasta 16 horas al día para preparar todas las volantas, los pasacalles y las remeras de la campaña Fadul Presidente (2003). Exhausto, le dijo a su patrona que ya no podía más.
Cristina nunca estuvo en la práctica de la tejeduría, pero trabajaba en Recursos Humanos de una gran empresa de vestuario industrial. También ella, un poco antes que Miguel, dijo “hasta aquí nomás” y acordó su salida con una liquidación de 10 millones.
Con esa plata compró tres máquinas de coser. Arrancó así, en una partecita del negocio, cosiendo los retazos estampados de otras empresas. Miguel, que la encontraba a su pareja encima de la máquina, también se puso a aprender.
-Igustoiterei. Ahareíma avei hese (Daba mucho gusto. Me fui nomás ya con eso)-, asume hoy, sonriente.
Así que ya con ese gustito, y tal vez pensando en sumar su conocimiento en impresión, se apartó de su patrona y se metió de lleno en la empresa familiar con su otra “patrona”.
“Ke pio lo ke tanto”, se dijo.
Hoy les llueven los pedidos de clubes de ligas. Orgulloso, nos comenta Miguel que el campeón actual de la Liga Sanlorenzana, el 20 de Julio de Reducto, le encomendó su camiseta actual. También diseñaron y confeccionaron la camiseta del Olimpia de Posta Ybycuá, de Capiatá, entre otros. Les piden de ligas de

otras ciudades también.
Es todo un mundo el de las prendas deportivas. Se encadena permanentemente con olimpiadas de escuelas y colegios, con equipos que participan en torneos de barrio y con equipos de ligas que renuevan constantemente sus prendas.
Si hoy les pidieran 1.700 remeras, las harían en una semana.
Miguel sigue siendo aquel Miguel al que le gustaba la buena facha y que se compraba, siempre que podía, un auto. Le encanta el motor. Así que su última adquisición es una Hilux que usa tanto para el trabajo como para recorrer barrios qué lo vieron crecer donde juega vóley y toma cerveza con sus antiguos amigos.
Cristina es más de la casa, siempre fue así: “Nunca le gustó mucho salir”.
Tienen una hija que hoy diseña camisetas, shorts y otras prendas deportivas.
Ah, casi se nos olvida: ya es una fábrica de prendas deportivas. No solo han completado la cadena de valor con las camisetas, sino que avanzaron con los shorts y los buzos. Así, completito, Sport Unión “te hace lo que le pidas”.
¿A que no saben cómo nació el nombre?
Yendo ya hacia el registro de marca, Cristina tenía la idea de que la empresa incorporara su nombre y el de su hija, pero Miguel le retrucaba, diciéndole que eran prendas deportivas, que necesitaban un nombre que se adecuara, como otras empresas tipo Saltarín Rojo o cosas así.
Cristina movía la cabeza todavía en el pasillo de la Dirección Nacional de Propiedad Intelectual hasta que al llegar a la mesa de entrada Miguel le dijo: “¿Y si ponemos Sport Unión, algo que defina nuestra unión?”. Cristina lo miró y dijo: “Está bien, me gusta. Jahareikatu hese”.
Sport Unión se encuentra a dos cuadras de la Avenida San Pedro, cerca de la escuela y la cancha San Roque, Capiatá.
La empresa tiene un camión Fotón, un chiche, que solo usan para traer telas de Ciudad del Este.
—¿Por qué no lo alquilan?
—Nooo, me van a estropear. Yo cuido mucho mis autos —exclama.
Sí, los tunea permanentemente. El fierro bien tuneado es una de sus grandes pasiones.
Les dejamos con la dirección exacta y los teléfonos de Sport Unión: Anibal Lovera 6544/casi calle San Pedro, 0994 138656 y 0994 138656.
Texto: Julio Benegas Vidallet
Fotos: Soledad Aquino