Hasta ahora la inclusión es una flecha lanzada al corazón de la esperanza. Pero, aunque muy estresante, en la resistencia, en la falta de capacitación y metodología pedagógica hay pasos, pequeños y grandes. Sonia Carísimo, presidenta de la Federación Juntos por la Inclusión, nos alienta a mirar la diversidad como un todo en nuestras sociedades. Y para ello, entiende que la escuela es fundamental. Un lugar sagrado.
Sonia Carísimo está a full, evaluando el último congreso, el Congreso Iberoamericano de la Inclusión, que se realizó recientemente en el Puerto de Asunción. Está muy entusiasmada por los resultados. Por primera vez, referentes, maestros y directivos del sector público fueron mayoría. Y también porque mucha gente con discapacidades puntuales ha participado, no solo como sujetos aglutinadores del congreso, sino que acompañaron la organización en todas las tareas. En las presentaciones, en las entrevistas, en la difusión y en la logística.
Siente que ya se está consolidando “un movimiento social”.
Y aunque lamenta que el ministro de Educación Luis Ramírez no haya estado, celebra que todo el staff de la dirección de inclusión del ministerio sí lo haya hecho.
Cuestiona la lógica institucional. Entiende ella que la escolarización de todas las personas con algunas discapacidades debe ser parte de una política integral.
Afirma que la escuela es perse diversa y que debemos asumir que vivimos en una sociedad diversa, en capacidades, en miradas, en aprendizajes.

“Ellos no son el problema. Necesitamos un cambio cultural”, sentencia en un momento de la entrevista, en la oficina de la federación, luego de mostrarnos algunos libros, súper pedagógicos, con dibujos, sobre síndromes.
Según Sonia, la inclusión, por ahora, está en la ley, en la teoría y en varios artículos científicos, académicos y periodísticos. No está aún en el día a día, en el aula y otros espacios públicos
Muchos profesores están muy sobrepasados. “A mí no me enseñaron como tratarlos”, es la queja más escuchada, reconoce Sonia.
Entiende que estos primeros pasos, sin capacitación, sin presupuesto y con una enorme burocracia para la escolarización (diagnósticos, terapias…) son muy difíciles. Para toda la comunidad de padres y profesores.
Pero ella insiste en que la mayor traba son la actitudinal y conceptual. En anteriores gobiernos “la sola palabra inclusión generaba escozor”, exclama.
Y así las cosas se vuelven más complejas.
Esgrime que la gente no vidente, muda, con trastornos físicos o neurológicos, “es transversal a todas las clases sociales”.
Entonces, propone un cambio paradigmático, cultural, que nos devuelva una mirada integral sobre todos los sujetos sociales.

“Hoy las escuelas son el único espacio sano de convivencia. La escuela es y debe ser el espacio sagrado de la integración, como lo ha dicho en su conferencia Carlos Skliar (pedagogo argentino)”, dictamina.
Efectivamente, Skliar apunta a que la multiplicidad del mundo y la búsqueda de lo común, hoy, por hoy, se encuentran en las escuelas. Es un recomienzo -según Skliar- de la experiencia del compartir, de la fraternidad, de la compañía y de los cuidados.
En esa multiplicidad, y volviendo con Sonia, todos los chicos son distintos. Unos comprenden rápidamente una explicación, otros necesitan un tiempo más para procesar, algunos tienen más pensamiento abstracto, otros más prácticos.
Y así, desde esa misma diversidad “debemos integrarnos todos”.
Un poco más de Sonia
Sonia ha estudiado arquitectura, pero su realidad de mamá de un chico con síndrome de Williams la ha convertido en una gran activista por los derechos a la inclusión. Como lo ha dicho el periodista y dramaturgo, no vidente (aunque a él le gusta más que se le diga ciego), Carlos Cañete: “existimos, somos y nos necesitamos”.

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