A siete kilómetros de la Ruta 1 y a uno del Acceso Sur, la ciudad más baja del Departamento Central guarda diez nacientes que el cemento no pudo tapar. Son sagradas, son comunitarias y todavía se dejan tomar. EL Prisma nos trae una crónica de tres ykua que resisten entre capillas, piscinas en medio de la calle y la memoria de las abuelas.
Un hilo de agua recorre el costado de la acera, como si lo hubiese vomitado una cañería rota. Al tocar el agua se la siente limpia; al verla, apenas un fondo ocre de la cunetilla del asfalto impide que se la vea como es: cristalina. Al llevarla a la boca, a una frescura suave se le suma el sabor de la tierra, muy de los fondos de las grutas que se conectan en un universo paralelo.
Abajo nuestro, indiferente al asfalto, al tráfico, al cemento, bulle, con todos sus sabores y colores de tierra, el manantial de Guarambaré.
El día de la visita, el sol es de un dorado entre fresco y cálido. Pero a apenas unas cuadras de las calles principales, ya también atestadas de tráfico, el fresco es muy distinto. Es un fresco de floresta, de humedales, de flores y plantas ampulosas. Y el verde, combinado con el dorado sol, envuelve el cuerpo en una escena policromática.
Es tierra en la que todo crece, voluptuosamente; un mazo de cedrón es casi un arbusto.
Ykua Kuruzu: el altar del bandoneonista

Ese hilo de agua sale del Ykua Kuruzu. Ya en los años 70, los vecinos, entre ellos el gran bandoneonista Cirilo Fretes (1923-2012), le construyeron ese altar. Cirilo fue el principal propulsor, recuerdan los vecinos.
Y como cerquita había una cruz, de la época de la Guerra Guasu (1964-1970), la trasladaron ahí en una especie de santuario.
Doña Brígida aún recuerda que en esos ykua y sus recorridos se bañaban, lavaban la ropa y tomaban agua los peregrinantes. Y cada Semana Santa, rezo, comida, fiesta de celebración. Sí, el agua del ykua era bendita.
“Omonguera che memby”, exclama, por su parte, doña Rosa, que al recordar ese paisaje hoy ya cementado, se quiebra.
Ykua Tres Pozos
Ángel Ñamandu Ramos, estudiante de Ecología Humana, nos guía con la desenvoltura baqueana de quien ha dirigido un proyecto de recuperación de la memoria colectiva en torno a estos manantiales y el análisis laboratorial de las aguas en la actualidad. Ya en el barrio Felsina (ahí, muy cerca de la fábrica de azúcar), llegamos a la capilla, cuyo lateral también es un canal de agua, agua que proviene del Ykua Tres Pozos. Ahí, en una tupida floresta, también envuelto como un santuario, el pozo de agua, el yvu. Un piro’y abrazador abriga la mañana, como para quedarse ahí con el tereré en la mano.
El agua sale por tres caños delgados. “Es el agua con menos contaminación”, nos dice Ñamandu. Nos aventuramos a tomarla.
Hay algo de sabor a caño.
“Se deben cambiar por caños de cerámica o de PVC”, proclama Ramos.
Pero es la más limpia según el estudio laboratorial, “seguramente porque está más rodeada de árboles, pastos y yuyos”.
De pronto somos asaltados por don Pitu, vecino del ykua. Nos dice, a bocajarro, que él, con sus propias manos de albañil, construyó esa cobertura de cemento para proteger la naciente. Pero también luego nos cuenta que ahí cerca, en una antigua escuela, paraban los prisioneros bolivianos de la Guerra del Chaco y luego cosas de la Guerra Civil y de colorados y liberales, y bueno, pues, avanzamos hacia lo de Ña Lorenza antes de que nos cuente de las internas entre el cartismo y el peñismo. Si tales dos cosas pudieran existir por separado.
Ña Lore y el chicharõ pella
Ña Lorenza cuenta todavía con su almacén de cosas al menudeo. “Ay, che memby, acá yo hacía chicharõ pella”.
Es chicharrón sin carne, solo de la pella, la grasa de los animales, con los vecinos, para juntar plata y levantar y hacer los canales “para nuestro ykua”.
Suspira. También a ella le asalta la memoria de cuando tomaban el agua, lavaban la ropa y juntaban su agua bendita. Ella certifica que don Pitu puso sus manos de albañil. Y los vecinos, todas las voluntades. Ahí también el ykua está protegido por la capilla, y también es considerada agua bendita. “Esto eran humedales y lagunas”, enfatiza.
Así que, de a poco, los asentamientos humanos fueron ganando territorio para sus casas, tratando de proteger a sus ykua. Eran, en general, antiguamente, terrenos fiscales, en cuyos lados más lodosos se habían instalado muchas olerías.

La ciudad de agua akãcharrata esquiva las tormentas
Ciertamente, Guarambaré es la ciudad más baja del Departamento Central. En el pueblo y alrededores hay aproximadamente diez nacientes de agua. Ya han habido litigios con vecinos venidos con plata y con ganas de usar el agua en sus piscinas. Hay, de hecho, algunas quintas que lo hacen, asegura el trabajador de la ANDE, Fredis Téllez.
La baja altitud de Guarambaré, además de proveer agua akãcharrata (acá es mucho más rica el agua potable, asegura Ñamandu), les evita que las tormentas lleguen con toda su ferocidad.
-Ohasa ore ári (pasa por encima nuestro)-confirma, exclamando, Ña Rosa.
El centro de Guarambaré se encuentra a 34 kilómetros de Asunción si tomamos la antigua calle de acceso, la Ruta 1, ramal Guarambaré. Pero de esta ruta, de la Ruta 1, se encuentra a 7 kilómetros, mientras que del Acceso Sur, a tan solo un kilómetro.
Al igual que Ypané, Itá y Villeta, son pueblos fundados durante la Colonia por los franciscanos, una orden que, a diferencia de los jesuitas más al sur, mantuvo nombres de los pueblos originarios. Los jesuitas, se sabe, les ponían nombres de santos, tipo San Juan, San Miguel, San Patricio, San Ignacio o Santa Rosa.
Balneario La Calle: una piscina en medio de la calle
Pero bajemos de nuevo a los manantiales de Guarambaré. Nuestra última parada es una parada ya muy conocida: Balneario La Calle.
Un buen día, don Antonio Mora, al ver que los chicos chapoteaban entre los delgados hilos del manantial, pensó: ¿por qué no represar el agua y construir una piscina? Albañil, como es, hizo un diseño a mano, ubicó en él la cobertura del ykua, la recámara y las presas, y en medio de la calle, en el barrio San Miguel, una piscina larga, de unos 30 metros, pero delgada, cosa que no transgreda el tráfico.
La piscina se surte de cuatro ykuas
Tres de ellos tenían nombre propio: Tacuara, Guairá y Kanó. Al cuarto, que vagaba por el mundo sin cédula de identidad cual chimbo, don Antonio Mora lo bautizó Ykua La Calle.
Todo lo fue haciendo, aclara muy expresivo, con permiso y apoyo municipales.
Durante el verano, la piscina funciona todo el día. Es un mundo de gente, viene ya de todas partes de la región, de Ypané, de Itá.
-Ou la gente. Hetaiterei-confirma.
En esos días, la calle, ya con cierre al tráfico, se llena también de cosas para comer y tomar. De hecho, al lado mismo, una poderosa bodega alberga de todo un poco. A que no se imaginan su nombre. Les damos dos pistas, termina en mina y es una expresión guaraní.
En esos tres lugares visitados, Ñamandu, María Suárez y su grupo de trabajo realizaron encuentros comunitarios, con música y testimonios.
El yvu, la naciente, y el ykua, el pozo, dan y protegen la vida.
Por eso la gente los ha arropado de religiosidad popular.
“Curan, che memby”, remata doña Rosa.
Ahora la idea de Ramos, Suárez y el equipo de investigación y memoria es presentar a la municipalidad de Guarambaré el resultado de los trabajos realizados, con la gente y con el laboratorio.
“Lo que hemos recogido de la gente mayor es exactamente lo que reflejan los resultados de las aguas. A cuanto mayor cuidado, menos contaminación y posible mejor aprovechamiento”, refiere Ramos.
Como estamos en pleno período electoral, un período en el que medio mundo promete de todo, no han visitado aún a los actuales administradores municipales. “Lo haremos, seguramente, iñakãguapy vove lo mita (cuando se calmen las cabezas)”.
Ykua Ñe’ẽ
Ykua Ñe’ẽ (La voz del ykua) se denomina el proyecto de registro y memoria comunitaria encabezado por Ramos y Suárez. En el recorrido trabajaron con los colegios Medalla Milagrosa, el Centro Educativo Departamental Municipal Don Augusto Roa Bastos y la Escuela de Música Gabino Bordón.
Un recorrido que incluyó un paseo de observación de plantas nativas y acuáticas con el biólogo Raúl Rivarola y un taller de kambuchi con las maestras artesanas de Ita Kambuchi Apo
En la despedida, ya en la casa de Ñamandu, el fondo es un enorme jardín de flores y árboles. De un rodete montaraz de burrito retiramos unas cuantas hojas, recargamos el termo con la mejor agua de la región y seguimos viaje.
Texto: Julio Benegas Vidallet
Fotos: Soledad Aquino
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