Cuatro testimonios de aquel gol de oro que nos dejó, a pocos minutos de los penales, afuera del Mundial 98. De aquella época a hoy hubo una revolución digital: de las imágenes, de la pelota softwareada y los multiplanos. Frente a la mejor Francia, según los entendidos, la férrea voluntad y la pasión de nuestra selección.
El diseñador Juan Heilborn tenía entonces 21 años. La casa de un compañero en Republicano era el centro de las reuniones de excompañeros de colegio. Ahí vieron todos los partidos de Paraguay. Paraguay había vuelto a un Mundial luego de 12 años.
La mamá del compañero los abandonaba ahí, a sus gritos. “Nos volvíamos locos” en cada partido, recuerda.
En medio de la sala, el lugar estelar de la televisión familiar en esa época, un Philips de 24 pulgadas era la sensación de aquel Mundial. Faltaban dos minutos, pucha, para ir al alargue.
La sensación general de ellos, al igual que la del resto del país, es que en los penales, con Chilavert, ganábamos.
Hasta ese gol de Blanc, el primer y único gol de oro de aquel Mundial. Maldita sea, maldita sea. De eso han pasado casi tres décadas. Increíble, ¿no?
Francia estaba encontrando su nuevo fútbol, en el centro del debate: la migración. Si Zidane era francés o argelino, si los demás afrodescendientes debían o no cantar el himno galo.
Hasta esta actualidad, en la que los afrodescendientes nacidos en Francia ya son una realidad inapelable y, aparentemente, insustituible en la selección y en los demás servicios.
Con la incorporación plena, Francia ha avanzado a un nivel tal de profesionalización, en lo físico, en lo táctico, de los jugadores. “Este equipo es mejor que cuando ganaron el Mundial y que cuando lo perdieron”, asume Heilborn.
Pero para Juan a Francia, en este mundial, todavía no le tocó una dura, que puede ser Paraguay. Asegura que puede ser la prueba más importante de este Mundial.
“Paraguay tiene una voluntad que le hace mejorar su nivel, mucho convencimiento colectivo. Me recuerda al 98, va más allá de las capacidades, de la preparación, de los montos, de todo el big data; es una selección que juega con los intangibles, cosa que la tecnología no puede agarrar”.
Con la parabólica
En el 98, el escritor y granjero Virgilio Cantero se había mudado a San Alberto, una ciudad de Alto Paraná llena de colonos brasileños que se dedican principalmente a la soja y sus derivados: químicos y financieros.
Hasta allá no llegaban las señales del Canal del Mundial, el Canal 9. Ni otras señales de Paraguay.
Así que con una feroz antena parabólica enganchaban las imágenes de O Globo y Bandeirantes.
Aquel gol de oro en el 98, pucha, lo recuerda como una daga en las tripas. “Una cosa impresionante, una conmoción, en San Alberto”.

Aun los brasileños, que habían festejado la derrota de la Albirroja en algunos partidos de las eliminatorias, quedaron estupefactos. Un velorio colectivo que envolvió la ciudad por varias horas de un silencio profundo. La ciudad “quedó parada, sin música, sin tránsito, un duelo muy fuerte por muchísimo tiempo”.
Su generación había vivido un partido épico, con jugadores que encarnaron la idea sublime de no entregarse nunca, una épica que recordaba la immolacion de Francisco Solano López y los pocos hombres que le quedaban en Cerro Corá. Ahí, con Carlos Gamarra, Chiqui Arce,el mismo Chilavert o el Toro Acuña.
Sí, son nombres que esa generación que la vio recuerda con nombre, apellido, y algunos más recuerdan cada despeje, o esos solos de Yegros y Cardozo adelante tratando de meterse entre una también muy buena defensa francesa.
La cábala y el plasma
“Aún recuerdo la cara cuadrada de Blanc. Lo tengo en la memoria siempre”, suelta la abogada Solange Correa. Ella tenía 18 años entonces, cuando, en su casa familiar, Barrio Jara, Asunción, con sus padres y su hermana menor vieron, agarrándose, pellizcándose, aquel gol de oro que nos dejó afuera, a través de una tele de 14 pulgadas con el trasero gordo. “Mamá rompió en llanto” y papá se despachó con rabia el asado.
“Tanto ha cambiado todo”, exclama, al recordar que ahora ve los partidos sola, sentada en el codo del sofá, por cábala, mareándose en ese diálogo con su plasma, ya gigante, que ocupa buena parte de su sala, con ese balón que a su paso va transmitiendo datos al VAR, a los técnicos, y el reloj del árbitro que te devuelve cada jugada desde abajo, como si la pelota necesitara una vigilancia constante. Sí, esa pelota que ya casi nada tiene del antiguo cuero.
El techanga’u del éxodo
El antiguo periodista Luis Paredes verá esta vez el partido en el exilio económico, como miles, tal vez ya millones de compatriotas, en este extraño país de crecimiento permanente, como lo expusiera ayer el presidente Santiago Peña en su informe de gestión en el Congreso, pero que también permanentemente expulsa a sus compatriotas.
Él recuerda, entre otras cosas, a Chilavert levantando a cada jugador paraguayo tirado en el piso luego de aquel gol de oro. Lo había visto en la casa de una cuñada, en Asunción.
De todos los cambios tecnológicos, lo seguro es que verá en una tele un poco más grande. La otra gran diferencia: “con mi hijo y nada más”.
Por suerte, en Italia, será medianoche. Por suerte, porque los otros partidos los tuvo que ver ya muy de madrugada, así que cada partido lo estuvo enganchando directamente con el trabajo.
Y recordó lo que siempre les recuerda a los fanáticos de Olimpia: su contribución al IPS que nunca llegó a dicha entidad, sino que quedó en las arcas del entonces director de La Nación, Alejandro Domínguez Dibb, hoy presidente de la CONMEBOL. Los cinco años que le faltan para la jubilación. Hace poco vino para gestionarla y se encontró con esa realidad. ¿Cosas de fútbol?
De Rocki e Iván Drago
Si bien existe mucha fábula en la que los más débiles vencen a los gigantes, tal vez la recreación más recordada entre la entereza, la voluntad y la épica y la tecnología haya sido, desde la ficción filmica, Rocki 4.
Un Drago, ruso, muy malo, computarizado enfrenta a un Rocki rústico, que se ejercita escalando cerros, levantando troncos.
Heilborn entiende que esta Francia es superior a la que salió campeón en el 2018 y subcampeón en el 2022. Todos los analistas abonan esta percepción: juegan a otro nivel. El quiebre de cintura de Mbappé, la tranquilidad y elegancia de los enganches y filtros de Olise, el no saber hacia dónde te quebrará Dembélé o en qué momento penetrará tu área Barcola.
¿Las capacidades técnicas y tecnológicas aún se pueden enfrentar con el alma obrera? Porque es lo que tiene Paraguay, repite Juan: “Alma obrera, moldeada por una férrea voluntad”.
¿Lo llevaremos al alargue con esa alma obrera, moldeada en una férrea voluntad?
¿Es todavía el fútbol el espacio de disputa de la voluntad o, sin que nos hayamos percatado, también los nuestros han desarrollado habilidades técnicas que los ubican en ese lugar en que, finalmente, como dicen los jugadores recios: “Somos once contra once y nada más”?