Ambas superpotencias aceleran sus ensayos experimentales y sus inversiones para lograr la fusión nuclear, la fuente de energía limpia e ilimitada que promete transformar la economía global y alimentar la inteligencia artificial.
Por Arístides Ortiz Duarte
Los científicos, principalmente de Europa y Estados Unidos, investigan desde hace alrededor de 80 años sobre la energía de fusión controlada, aspirando a un sueño humano más que ambicioso: replicar el proceso energético que hace brillar a las estrellas, incluyendo nuestro sol, para obtener energía limpia, inagotable y segura. Dicho en otras palabras, quieren construir el primer “sol artificial” en la tierra.
Con el paso de las décadas, ese sueño dejó de ser una teoría y pasó a convertirse en ensayos experimentales en laboratorios para replicar el proceso que generan los soles del universo. A esos ensayos experimentales se ha sumado, en los últimos 20 años, un jugador que, a inicios del 2000, todavía no había sido previsto por europeos y norteamericanos: China.
China se convirtió en los últimos 10 años en un inesperado rival de EE.UU. en la feroz disputa geopolítica por la generación y comercialización de la energía de fusión. En esta disputa, los países europeos como Francia, Alemania y Reino Unido se han quedado atrás. También Japón.
Pero ¿qué es la energía de fusión?
En pocas palabras, es el proceso físico y natural que alimenta al sol de nuestro sistema y a todos los soles o estrellas del universo. Consiste, básicamente, en forzar la unión de dos átomos ligeros (normalmente isótopos de hidrógeno) para formar uno más pesado (helio). Durante este proceso, una pequeña fracción de masa se convierte en una cantidad masiva de energía.
Este proceso natural es lo que Estados Unidos y China están tratando de emular en sus laboratorios, lo que revela una nueva arista de la carrera científica y tecnológica entre ambas superpotencias.
El proceso de la fusión nuclear libera cuatro veces más energía que la fisión. La fisión libera energía cuando el núcleo de un átomo pesado (como el uranio o el plutonio) se divide en dos o más núcleos más ligeros al ser impactado por un neutrón. En este proceso suelta una cantidad masiva de calor, radiación y más neutrones. Un resultado de la liberación de energía de fisión es la bomba atómica.

Occidente versus China
Durante décadas, países occidentales como Francia, Alemania, Canadá, Reino Unido y Estados Unidos, y Japón en Oriente, lideraron las investigaciones en energía de fusión. Sin embargo, el panorama cambió radicalmente en los últimos 10 años. Pekín aceleró el paso de forma espectacular en este último decenio mediante una estrategia impulsada directamente por el Estado chino, con miles de millones de dólares en inversión y un ejército de científicos trabajando incansablemente en los laboratorios. La última información recogida de China es que el gobierno chino inyecta alrededor de 6.000 millones de dólares anuales en fondos públicos para estas investigaciones y ensayos, casi el doble del presupuesto federal que EE.UU. destina a sus investigaciones.
El sol artificial en Oriente
La ofensiva china se consolidó con hitos de gran impacto científico.
El reactor experimental EAST (Tokamak Superconductor Avanzado Experimental), ubicado en la ciudad de Hefei, asombró al mundo al mantener un plasma estable a temperaturas extremas durante más de 1.000 segundos. Además, el gobierno chino integró la fusión en sus planes económicos de alto nivel y creó la megaempresa estatal China Fusion Energy para unificar los esfuerzos de investigación.
Actualmente China construye masivamente infraestructuras públicas como el reactor BEST. Su meta es encender su primera bombilla comercial a mediados de la década de 2030. De forma paralela, el país está orientando su maquinaria industrial a monopolizar la cadena de suministro global. Esto abarca desde las cintas superconductoras de alta temperatura hasta los materiales críticos de blindaje.
La reacción de Silicon Valley
Frente al avance del gigante asiático, Estados Unidos respondió con un modelo opuesto y sumamente dinámico: El poder del capitalismo privado y la innovación ágil. Mientras el Departamento de Energía estadounidense (DOE) actualiza sus hojas de ruta científicas para coordinar el sector, el verdadero motor norteamericano se encuentra en un floreciente ecosistema de empresas emergentes.
Gigantes tecnológicos, magnates y fondos de capital de riesgo han invertido en los últimos cinco años miles de millones de dólares en startups de fusión en Silicon Valley. Compañías como Helion Energy firmaron acuerdos comerciales para proveer electricidad en los próximos años y avanzan con rapidez en la obtención de permisos regulatorios clave para construir plantas comerciales en el estado de Washington.
Los estadounidenses confían en que la flexibilidad del sector privado les permitirá adelantar los costosos macroproyectos estatales de su rival. Además, cuentan con el respaldo de laboratorios federales históricos. El Laboratorio Nacional Lawrence Livermore en California, por ejemplo, logró un hito histórico al registrar la primera ganancia neta de energía en un experimento de fusión mediante el uso de potentes láseres.
Energía para la IA
La aceleración de las investigaciones y ensayos en energía de fusión no solo responde a la necesidad de generar energía libre de CO2 para frenar el cambio climático. Hay otro factor tecnológico mucho más inmediato: Alimentar de energía a la Inteligencia Artificial. El despliegue masivo de algoritmos avanzados y la proliferación de centros de datos globales están duplicando la demanda de electricidad a una velocidad sin precedentes. La superpotencia que logre comercializar la fusión primero contará con la electricidad y la infraestructura necesarias para alimentar la IA a un costo y escala inalcanzables para el resto del mundo.
Expertos internacionales coinciden en que nos encontramos en un punto de inflexión donde ambos enfoques muestran sus fortalezas. China cuenta con la ventaja de la escala de fabricación, la velocidad de construcción y el financiamiento estatal ininterrumpido.
Por su parte, Estados Unidos posee la audacia de sus emprendedores, un ecosistema de inversión maduro y diseños alternativos potencialmente más económicos que los reactores tradicionales.
Así, la carrera por cuál de las dos potencias diseñará el primer “sol artificial” sigue su acelerada marcha.
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