El ciclo de los teléfonos de línea baja se va cerrando con un legado muy peligroso en el centro de Asunción: un pozo rectangular de medio metro de largo, la medida de la tapa de hierro con la insignia de Copaco, inunda sus veredas.
Los cables que se embuten en registro para trasladar la línea a las casas, a las oficinas, a las empresas del centro son saqueados. Estos cables se venden por kilo, como filamentos de cobre y aluminio en el extenso mercado de reciclaje de nuestro país. Un mercado que, como lo habíamos establecido en el reportaje La ruta de las latas vacías, utiliza la mano de obra de unos 125.000 trabajadores en el país.
La mayoría de las tapas siguen ahí, fuera de su lugar. Puede que los recicladores nocturnos, en su mayoría en situación de consumo de crack, no tengan la fuerza para llevarlas.
Angela Salinas, antigua inquilina del barrio Gral. Díaz, intentó mantener en la casa una línea baja. Por eso, y por pedido de la dueña de la casa, se apuró en pedir la intervención de Copaco cuando se encontró con los cables cortados, los desechos y la tapa salida de lugar en la vereda.
No hubo caso, volvieron a llevar los cables. Y desde más de un año ya no usa la línea baja. “Ya no usamos. Antes, cuando teníamos la empresa de seguridad electrónica, sí la necesitábamos. Pero ahora ya no”.
Oriunda de Villa Elisa, Angela es inquilina de la ciudad hacen unos 40 años. Siempre ha vivido en el barrio General Díaz, ahora muy cerca del Mercadito.
Es de la gente que no ha renunciado a caminar su ciudad. Pero cada vez es más difícil. A cada cuadra hay peligro y por las noches “ya no salgo”. Desde que la asaltaron en la esquina de Yegros y República de Colombia, a dos cuadras de la Comisaría Tercera.
No hay calles del centro de Asunción que no presente este agujero, grande, hasta de medio metro.
Antes, los transeúntes debían tener cuidado de las rendijas del alcantarillado.
“Mi madre dejó de usar su zapato taco alto cuando se le quedó trabado en las rendijas”, suelta Chonita, la “reina de la cuadra”, como la denomina un vecino, también mayor.
Luego se sumó el agujero ovalado dejando al descubierto el medidor del agua. Esas tapas, pequeñitas, sí se llevaban para venderlas directamente en el comercio del reciclado.
De un tiempo a esta parte, el centro de Asunción, como describiera ayer nuestro compañero Arítides Ortiz, es presa del abandono.
“Antes, esto era un mundo de gente, en las calles, en el mercado, pero ahora, de noche, es todo abandono, todo. No sé, creo que la gente ya no quiere vivir acá”, reflexiona Chonita. “Y ese mal humor de la gente, los robos. Qué nos pasa que ya no nos comprometemos con nada”, se repite. Ubicamos su nombre vecinal porque ella no quiere aparecer ni por nombre ni por fotos.

Esos agujeros rectangulares son un peligro más para los caminantes. Un peligro más de los tantos, de los tantos, esgrime, quejumbrosa, Angela, de 70 años.
Enfrente de su casa quedó el agujero a medio tapar.
“Hay que cuidarse de todo al caminar, de todo. Así estamos. Ya nada es como antes”, resume Chonita, una señora que vive en su casa de Iturbe, una considerada patrimonial, de más de cien años. La casa.
“Ya nadie usa línea baja, yo pagué tres años esperando algún cambio de gobierno, pero nada. Yo tengo dos líneas, una de Tigo y otra de Personal”, asume.
“Y ya no me quedan amigas con línea baja”.
Chonita tiene una antigua memoria del centro. Una memoria que recuerda aún a las burreritas que llegaban al mercadito por las cuadras empedradas. También de los antiguos negocios alrededor de la extinguida estación del tren, la muchedumbre en los mercaditos y el “veredeo”.
Ahora hay que tener “ojos de lince” para caminar y para hacer cosas en la ciudad. Ella sale y entra a la casa, le gusta hablar con la gente. Siempre de sport.
Sí, es un pozo más en la ciudad. Un pozo más. Hay que cuidarse más, más.
Así, en el marco de un deterioro general de los bienes patrimoniales, de las veredas, del abandono de las antiguas casas a la espera de alguna oferta multimillonaria, la inexistencia de un transporte de calidad y de trabajo más estable para sus antiguos barrios más pobres, un agujero más, un agujero más.
Un agujero que va cerrando un ciclo, el de las llamadas por línea baja.
La última vez que Angela escuchó el timbre de su teléfono de línea baja dejó todo para ir, apurada, a recibir aquella extraña llamada. Era la gente de la Misión de la Amistad pidiendo el aporte para la fundación.
