Se calcula que el intestino humano alberga alrededor de 100 mil millones de microorganismos (bacterias, virus, hongos y arqueas). Las últimas investigaciones concluyen que esta comunidad intestinal (la microbiota) tiene directa comunicación con el cerebro, e influye poderosamente en la salud.
Unos 20 años atrás, la idea que se tenía del intestino humano -ese cordón de carne grueso y a la vez fino que está en el abdomen y mide entre 7 y 9 metros en total- era un órgano del cuerpo sin mucha relevancia para el bienestar de las personas.
Era el tubo largo por el que, una vez digerida por el estómago -ese espacio en forma de “J” en el que se procesan los alimentos que ingerimos, situado en la parte superior izquierda del abdomen, bajo el diafragma-, corre la comida procesada, hasta llegar al recto y, finalmente, al ano para la defecación. Solo eso.
Se tenía esta idea del intestino pese a que la microbiota intestinal fue observada por primera vez ya entre 1681 y 1683 por Antonie van Leeuwenhoek, quien identificó “animálculos” (bacterias) en sus propias heces.
Pero los estudios de sus efectos beneficiosos comenzaron recién a principios del siglo pasado con Elie Metchnikoff, un microbiólogo e inmunólogo ruso, y se profundizaron en los últimos 30 años para arrojar luz a una de las partes más importantes del cuerpo humano.

Así, las últimas investigaciones, realizadas en los últimos cinco años aproximadamente, han descubierto que nuestro intestino alberga más de 100 mil millones de microorganismos (hongos, bacterias, principalmente, virus y arqueas) y es responsable de producir el 95% de la serotonina, un neurotransmisor relacionado con el bienestar general del cuerpo y la mente.
La desconocida relación entre el cerebro y el intestino
La intensa comunicación orgánica entre el cerebro y el intestino es uno de los grandes descubrimientos de los últimos años. Según explicó a BBC Mundo Saliha Mahmood Admed, gastroenteróloga y portavoz de investigación intestinal del Reino Unido, en un artículo publicado, “estos dos órganos están conectados de tres maneras diferentes”.
La primera es el nervio vago, una estructura muy importante del sistema nervioso que conecta directamente el cerebro con varios órganos, como el corazón y los intestinos.
Luego, en segundo lugar, están las hormonas que comunican al cerebro con el intestino. Estas sustancias, como la grelina y el GLP-1, son producidas por glándulas y envían señales a todo el cuerpo.

Por último está el sistema inmunitario. “Mucha gente piensa que estas células inmunitarias solo viven en la sangre o los ganglios linfáticos, pero en realidad una gran proporción de ellas operan en el intestino y actúan como mediadoras entre el cerebro y todo el organismo”, explica Ahmed.
El eje intestino-cerebro es crucial porque permite una comunicación bi-direccional que regula funciones vitales del cuerpo, incluyendo la salud mental, el sistema de defensa (inmunológico), la digestión y el estado de ánimo de las personas, afirma un artículo publicado en la web institucional de la Escuela de Medicina de Harvard de EE.UU.