La inflación proyectada del 3% para este 2026 por el Banco Central del Paraguay genera dudas entre analistas y escepticismo en la calle. ¿Cómo se explica matemáticamente una cifra tan baja cuando la percepción general es de un encarecimiento constante?
A Benegas le cuesta creer que el IPC oficial refleje fidedignamente lo que hoy vive el consumidor paraguayo.
“Si miramos la economía real, los combustibles acumulan más del 22% de suba en lo que va del año, y el transporte y la logística encarecen de manera automática casi toda la cadena de valor. Sin embargo, el IPC acumulado a septiembre se ubica en un sospechoso 1,9%.”, refiere.
Entiende que esa brecha tan abismal entre la macroeconomía y el bolsillo de la gente merece una explicación técnica profunda por parte de la banca matriz.
Pero he aquí un tema poco explorado. Esta supuesta baja inflación se está probablemente cargando sobre las espaldas de la población con más horas de trabajo y con menos calidad y cantidad en los alimentos.
En esa búsqueda de explicación, Benegas concluye que no significa en absoluto que el costo de vida no pese; simplemente significa que el costo no lo está registrando el indicador, sino que lo pagan directamente quienes venden y quienes compran de formas que el algoritmo tradicional no llega a capturar.

El Prisma:— Si los costos de logística y combustibles subieron, ¿por qué muchos precios de lista en los comercios barriales parecen mantenerse estables en los registros del BCP?
— Porque el ajuste de la economía no siempre aparece explícitamente como un aumento de precio en las pizarras. La mayoría de las personas siente el golpe de otra manera: muchos comercios mantuvieron el precio final de lista, pero redujeron severamente la ración, la porción o el contenido neto del producto, mientras que otros bajaron la calidad de los insumos para no quebrar. Si hacemos el cálculo real por kilo o por gramo, el precio subió notablemente. Este fenómeno, conocido internacionalmente como shrinkflation (reduflación), parece estar pasando completamente de largo en los relevamientos oficiales del BCP.
Por el contrario, en los comercios de cadenas masivas que sí aplicaron ajustes directos, los incrementos se dieron de golpe y con un impacto muy fuerte. Vimos casos concretos en el sector gastronómico en septiembre, como en la cadena Pizza Hut, donde un producto que costaba 94.000 guaraníes pasó a costar 100.000 guaraníes; un aumento del 6,4% en un solo salto que representa más de un dólar de diferencia. En los países desarrollados, los ajustes inflacionarios en alimentos se dan gradualmente y por centavos; aquí se indexan de dólar en dólar, afectando el poder adquisitivo de manera fulminante.
— ¿Afecta este fenómeno de la misma manera a las grandes cadenas y a los pequeños comercios de comida rápida informal?
— No, aquí opera un fuerte efecto por segmento. Las cadenas de consumo premium tienen el poder de mercado suficiente para subir sus precios de lista y trasladar el costo directo al cliente, y esa suba sí es capturada con facilidad por los encuestadores del BCP.
El problema metodológico principal ocurre en el sector popular —los puestos de lomitos, hamburguesas, asaditos y comedores informales—. En este segmento, la clientela tiene ingresos muy limitados y la demanda es sumamente sensible al precio; el vendedor sabe perfectamente que si sube 2.000 o 3.000 guaraníes el plato, pierde la venta inmediatamente. Por lo tanto, ¿qué hace el comerciante popular? Absorbe el costo recortando su propio margen de ganancia y trabajando más horas al día para salvar la semana. El ajuste pasa del precio de venta directamente al ingreso del trabajador. Al no modificarse el precio final del menú, el IPC del Banco Central lo ve muy poco o simplemente no lo registra.
— Usted mencionó la persistencia de precios altos incluso cuando variables macroeconómicas como el tipo de cambio del dólar experimentaron bajas temporales. ¿A qué se debe esto?
— Es otra gran distorsión de nuestro mercado interno. Cuando el dólar sube, las empresas locales reajustan inmediatamente sus precios de lista al alza para cubrirse. Sin embargo, cuando el dólar experimenta bajas, ese alivio cambiario nunca se traslada a los precios internos del consumidor; las firmas mantienen los márgenes fijados con el dólar alto y el consumidor paraguayo termina pagando el costo de la ineficiencia. Sería excelente que el BCP explique técnicamente cómo mide e introduce este efecto asimétrico dentro de su muestra estadística.
— Ante esta desconexión de los datos con la calle, en los sectores sindicales se habla abiertamente de un “maquillaje” de cifras para frenar el reajuste del salario mínimo. ¿Comparte esa postura?
— Comparto plenamente la sospecha técnica de que mantener artificialmente una inflación baja reduce la presión legal por un aumento del salario mínimo nacional. Sin embargo, más que hacer una afirmación categórica, lo que nos corresponde como economistas y académicos es exigir una urgente transparencia metodológica a la banca matriz.
El BCP debe abrir sus datos a la ciudadanía y explicar detalladamente los componentes de su estructura: qué canasta básica están utilizando, cuáles son las ponderaciones actuales por rubro, en qué fechas exactas se realizan los relevamientos de campo y, sobre todo, cuál es el tratamiento técnico y la fórmula que aplican para ponderar la reducción de tamaños y la devaluación de la calidad de la comida fuera del hogar. Con el precio actual del combustible y el transporte, los márgenes de los comerciantes informales no van a aguantar mucho tiempo más antes de un inminente sinceramiento de precios