Cada vez más, quien controla el algoritmo, controla “la realidad”. La nuestra, la bien paraguaya, sufre, en el acto democrático fundamental del voto, una tremenda desconfianza. Y razones, en los tiempos de la eterna transición, no faltan.
Por Soledad Aquino
Imaginate que te vas al supermercado, llenás tu carrito y, al llegar a la caja, no hay una pantalla que te muestre los precios. Solo pasás tus productos por un escáner y una voz te dice: “Son 500 mil guaraníes”. Sabés que compraste cosas básicas, pero no tenés forma de ver el detalle, ni de saber si la máquina sumó correctamente o si te aplicó un impuesto fantasma. Eso es una “caja negra”.
En 2026, esto mismo está pasando con los votos en distintos países del mundo y Paraguay no queda fuera de la ecuación. Ya no solo debemos cuidar que nadie se robe las urnas de cartón o de madera; ahora el desafío es saber qué pasa dentro de las computadoras que cuentan los votos.
Nuestro país utiliza un sistema de voto con chip (RFID).
El proceso parece sencillo: marcás tu opción en una pantalla, la máquina imprime un boletín y ese papel tiene un chip invisible que guarda tu información.
Según el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE), el sistema es seguro porque el acta electrónica debe coincidir con el conteo físico de los papeles.
Sin embargo, organizaciones de la sociedad civil como TEDIC y Decidamos han cuestionado en reiteradas ocasiones el funcionamiento de este sistema. El cuestionamiento principal no es si la máquina es moderna, sino quién tiene la llave de su cerebro.
Referentes civiles y políticos denunciaron que estos chips podrían ser vulnerables. Si una persona con un celular y la aplicación correcta puede “leer” o alterar la información del chip antes de que llegue a la urna, la soberanía del voto se rompe.
Como señaló en su momento TEDIC, la transparencia no puede ser un “acto de fe” hacia la institución electoral; tiene que ser una evidencia técnica que cualquiera pueda comprobar.
Aunque el TSJE realiza auditorías del software (el DVD que hace funcionar las máquinas), organizaciones han observado que estas revisiones son a menudo cerradas o superficiales. No se permite que expertos independientes de la sociedad civil “metan mano” profundamente en el código para asegurar que no haya instrucciones ocultas.
Para entender por qué esto es grave, tenemos que mirar hacia afuera. La auditoría algorítmica es, simplemente, pedirle a la máquina que nos explique paso a paso cómo llegó a un resultado. Es exigir el ticket detallado del supermercado para estar seguros de que el sistema no nos está engañando.
A inicios de este 2026, Suiza se consolidó como el ejemplo a seguir. Ellos no se quedan con la palabra de la empresa que fabrica el software. Contratan a “hackers éticos” y auditores externos para que intenten romper el sistema. El objetivo es la verificabilidad universal: que cualquier ciudadano/a pueda confirmar que su voto fue contado exactamente por quien eligió, sin que el algoritmo “se confunda” de forma accidental o provocada.
El Riesgo Geopolítico: Colombia y Honduras
Cuando los sistemas son cerrados, el riesgo es geopolítico. En las recientes elecciones de Honduras y en los preparativos de Colombia (mayo 2026), empresas como el Grupo ASD han estado bajo la lupa. Se han reportado “caídas de sistema” o reinicios sin supervisión. Cuando un país depende de un software extranjero, cuyo código es secreto comercial, está entregando las llaves de su democracia a una corporación privada.
Pero ¿cómo afecta esto a nuestra democracia? La democracia no es solo el acto de poner un papel en una caja; es la certeza de que nuestra voluntad no fue alterada por un error de programación.
Si en Paraguay no sabemos cómo funciona el corazón de la máquina, perdemos independencia. La seguridad nacional hoy ya no son solo militares o la Policía Nacional; son programadores locales auditando cada línea de código.
En muchos países se usa Inteligencia Artificial para organizar dónde vota la gente o detectar fraudes. Pero si esa IA tiene un “sesgo” (un error de aprendizaje), podría terminar dificultando el voto de ciertos de barrios o grupos sociales sin que nadie lo note. Es un filtro invisible que puede cambiar el rumbo de un país.
Acá es donde el tema se vuelve humano. El derecho a elegir y ser elegido es un derecho humano fundamental. Si un algoritmo decide el resultado y no es transparente, se violan dos principios básicos:
El Derecho a la Información: Como ciudadanos/as, tenemos derecho a saber cómo funcionan las herramientas que gestionan nuestra voluntad.
La Rendición de Cuentas
Si una máquina falla en el conteo en Paraguay, ¿quién es el responsable? ¿El programador en otro país? ¿El funcionario que alquiló la máquina? En una “caja negra”, es muy fácil culpar al “error del sistema” y dejar a la ciudadanía sin respuestas.
Podemos decir que en este 2026, la observación electoral cambió para siempre. La nueva frontera es la transparencia algorítmica. En Paraguay, el desafío para las próximas municipales no es solo técnico, es de confianza social.
Como bien sostienen organizaciones referentes de la sociedad civil, el voto tiene que ser como una casa de cristal: todos tenemos que poder ver hacia adentro, entender cómo se procesan los datos y dormir tranquilos/as sabiendo que nuestra voz fue respetada por la tecnología, y no silenciada por un código que nadie puede leer. La seguridad algorítmica es el escudo que protege nuestra libertad en un mundo donde, cada vez más, quien controla el algoritmo, controla la realidad.
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