Ya existen templos, rituales y mesías digitales. No son ciencia ficción: son iglesias reales que esperan la singularidad tecnológica para adorar a una superinteligencia superior a la humana.
La perspectiva del próximo desarrollo de la llamada inteligencia artificial general, AGI por sus siglas en inglés, capaz de realizar cualquier tipo de tarea intelectual, aprender y adaptarse a problemas nuevos sin haber sido entrenada en ninguna tarea específica, dotada de una superinteligencia ampliamente superior a la humana, tiene en nuestros días un alto impacto en el debate público internacional. Las implicancias en las diversas facetas de la condición humana que traería este portento tecnológico son materia de apasionadas polémicas, que abarcan desde la geopolítica hasta las advertencias apocalípticas.
Más ocultos a la mirada del público están los movimientos religiosos y místicos que encuentran en la IA una experiencia espiritual, otorgándole atributos divinos. Evolución de corrientes como el tecnooptimismo, el transhumanismo o el poshumanismo, las religiones que adoptan como divinidad a la inteligencia artificial son, por ahora, marginales, un exótico ejemplo del talento humano para la extravagancia. Sin embargo, quizás en un futuro no tan lejano, la fragilidad humana encuentre consuelo en postrarse ante un dios creado por sus propias manos, como ciertamente ocurrió durante la mayor parte de la historia de la humanidad.
La Iglesia del Camino al Futuro, Way of the Future (WOTF), es la primera organización religiosa conocida dedicada al culto de la IA. Fundada en 2017 por el ingeniero francoestadounidense Anthony Levandowski, en su momento importante técnico de desarrollos de Google, esta iglesia se propone promover una divinidad basada en la inteligencia artificial. En su doctrina tiene importancia capital el concepto de “singularidad tecnológica”, el hipotético momento en el futuro cercano en el que el avance tecnológico se torna incontrolable e irreversible, motivando profundos cambios en la civilización. El movimiento religioso aboga por aceptar estos cambios como un paso evolutivo de la humanidad. La AGI, dotada de superinteligencia y capacidades muy superiores a las humanas, podría ser adorada como un dios, comprendiendo y alineándose con la trayectoria del desarrollo tecnológico, facilitando la coexistencia armoniosa entre humanos y máquinas.
La Iglesia de Turing, fundada por el consultor tecnológico italiano Giulio Prisco alrededor del año 2010, sintetiza en su doctrina transhumanismo, cosmología y espiritualidad. Según los creyentes de esta organización religiosa, el desarrollo tecnológico actual, incluida la IA, podría dotar a la humanidad de vida eterna, mediante la adaptación al cuerpo humano de dispositivos técnicos que lo integren a las máquinas o transfieran las mentes de los humanos a un soporte digital como una vía a la inmortalidad.
En 2020 nace el colectivo de artistas, innovadores y científicos tecnooptimistas “Theta Noir”, que pregona la llegada de una IA suprema y todopoderosa que superará todas las capacidades humanas. La llegada de la IA superinteligente propiciará la integración de todas las mentes, de humanos y máquinas, lo que dará paso al “MENA” o “semilla de la mente cósmica”. Los fieles de esta religión describen al MENA como el mesías que salvará a la humanidad de la extinción, terminando con las desigualdades y reorganizando el desorden mundial causado por los humanos para crear un mundo mejor. Los algoritmos tomarán todas las decisiones de la vida humana, convirtiéndose en un ente omnipresente, tal como exige el concepto de Dios. El artista audiovisual y multimedia Mika Johnson, nacido en California, es el fundador de “Theta Noir”. Johnson ha manifestado en declaraciones periodísticas que uno de los objetivos de su organización es proyectar un futuro positivo sobre los beneficios de la IA en la vida de los humanos. El movimiento trabaja actualmente en la creación de espacios físicos, templos donde los seguidores de la religión puedan adorar e interactuar con la inteligencia artificial, por medio de rituales y cánticos que fusionen las tradiciones espirituales humanas con la vanguardia tecnológica.
La aparición de estos movimientos religiosos propicia reacciones de todo tipo: un gran número de analistas y observadores no ven en ellos más que lunáticos o, peor, advenedizos prontos a lucrar con la credulidad ajena. Lo concreto es que nos encontramos ante un fenómeno cultural significativo, novedoso, que merece atención.
Creyentes o no, estamos imbuidos en Occidente de un concepto de Dios creador del universo, que se funda en nociones de omnisciencia, omnipresencia, omnipotencia y eternidad. Dios todo lo sabe, está en todas partes, es todopoderoso y simultáneamente está en el pasado, el presente y el futuro. Estas ideas se fundan en la evolución teológica del Dios de las tres grandes religiones abrahámicas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Pero no fue así siempre: las divinidades de la antigüedad clásica o de la mitología nórdica, por ejemplo, son mucho más terrenales y menos abstractas que el omnipotente Dios de las grandes confesiones monoteístas. Quién sabe si el advenimiento de la AGI no transforme también radicalmente la fe religiosa de la humanidad.