Asunción: el secreto de la eficiencia perdida

La victoria de Soledad Núñez recrea la sensación de que puede haber un fuerte golpe de timón en la capital del país. En este artículo, el arquitecto urbanista Carlos Zárate nos explica cómo logró la capital paraguaya florecer y transformarse en una “ciudad de jardines” tras la devastación de la Guerra Grande, contando con una fracción de los recursos y funcionarios actuales. 

Por Carlos Zárate*

Un capítulo de la historia asuncena que siempre llama mi atención es el de las primeras décadas posteriores a la guerra contra la Triple Alianza (1865-1870); particularmente, el modo en que floreció la capital después de aquella hecatombe.

Para ser más preciso, lo que veo como realmente notable es el contraste entre lo restrictivo que resultaba el contexto —con tantas vidas cegadas, familias desintegradas, ruina material y monetaria, inestabilidad política permanente, precariedad tecnológica y un larguísimo etcétera— y el desarrollo que experimentó la ciudad en muchos aspectos (expansión, crecimiento demográfico, infraestructura, comunicación, servicios sanitarios y educativos, oportunidades laborales, entre otros).

No hablo de una ciudad perfecta, pero sí de una que estaba muy bien encaminada no solo a su recuperación, sino que prometía posicionarse como una de las capitales más lindas de Sudamérica.

Estableciendo comparaciones sobre las capacidades de la municipalidad entre aquel contexto y el actual, saltan algunas diferencias que no pueden ser pasadas por alto. Empezando por el plantel humano que, de alrededor de 400 funcionarios a inicios del siglo XX, pasó a unos 11.000 en estos tiempos.

Las posibilidades tecnológicas también son abismales, no solo en lo referido a las de información y comunicación, sino a las más básicas (la Asunción de inicios del siglo XX apenas contaba con energía eléctrica para algunos usos, no contaba con agua corriente y las herramientas disponibles eran tan rudimentarias como las del siglo anterior).

La disponibilidad económica actual también es muy superior, teniendo en cuenta la cantidad de contribuyentes (a inicios del siglo XX la población asuncena rondaba apenas los 50.000 habitantes) y la nula capacidad en aquellos años de acceder a empréstitos importantes.

Sin embargo, fueron aquellos años de fines del siglo XIX e inicios del XX cuando Asunción no solo tuvo una importante expansión urbana, sino que la calidad estética de sus espacios abiertos era muy superior a la que puede exhibir en estos tiempos, algo fácilmente verificable tanto en fotografías como en cientos de testimonios escritos de la época, que la retrataban como una ciudad de jardines. ¿En qué radica la diferencia?

La pregunta sin dudas tiene múltiples respuestas —todas con diverso grado de validez—, aunque una de ellas es bastante reveladora: la eficiencia; es decir, la capacidad para lograr el máximo resultado posible con mínimos recursos. Situándonos un siglo y medio atrás, eso implicó saber usar lo único que se tenía a mano de manera abundante: la naturaleza.

El elogio a la naturaleza

Las crónicas elogiosas de los distintos escenarios asuncenos de aquel tiempo casi no se referían a su infraestructura edilicia, que era modesta en cuanto a cantidad y tamaño, además de bastante austera en cuanto a sus formas. Los destaques se daban casi siempre aludiendo a la exuberancia de sus jardines públicos y privados. Es en ese contexto que surgió la incipiente actividad turística, no promocionando sitios ni infraestructura, sino jardines en hoteles, quintas y hospedajes. Fue también la época dorada de los espacios públicos asuncenos, con plazas y parques diseñados con alto criterio estético y científico. Una Asunción que dialogaba con sus arroyos flanqueados por bosquecillos, cuyas estampas siguen despertando suspiros de nostalgia.

Fueron tiempos en que la capital alcanzó un cambio de aspecto tan radical como positivo, no incorporando nuevos elementos, sino aprovechando los que tenía a mano, los que estaban siempre presentes y forman parte de su identidad: vegetación y agua. Años en los que el organigrama del reducido plantel de la municipalidad ostentaba como su dirección más importante la de “Parques y Jardines” (hoy reducida a un departamento llamado “Áreas Verdes”, dependiente de la Dirección de Servicios).

Visto así, lo que se extravió durante el último siglo y que urge recuperar es la capacidad de eficiencia municipal. Dicho en términos más simples, no se trata tanto de cuántos funcionarios o de cuántos recursos tecnológicos y económicos se dispongan, sino de cómo se organicen, qué funciones cumplan y cuánta voluntad exista para identificar necesidades y posibilidades. Y talento para vincularlas.

*Arquitecto e investigador. Magíster en Restauración y Conservación de Bienes Arquitectónicos y Monumentales. Coordinador del Área de Teoría y Urbanismo y docente de las cátedras Arquitectura del Paisaje 1, Teoría de la Arquitectura 2 e Historia de la Arquitectura del Paisaje en Paraguay (FADA UNA).

 

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Más vistos

Opinión