El suicidio: un dolor humano que necesita ser escuchado

En el mes de la prevención del suicidio, El Prisma nos trae la columna del sicólogo Pablo César Chávez Vera. Él nos cuenta que cualquier persona, en determinadas situaciones, puede llegar a pensar que la vida no vale la pena. Pablo nos deja un par de muy recomendaciones. 

 

Por Pablo César Chávez Vera

Durante mucho tiempo se creyó que el suicidio era solo cosa de personas con enfermedades mentales graves. Pero la experiencia demuestra algo más incómodo y, a la vez, más humano: cualquier persona, en determinadas circunstancias, puede llegar a pensar que la vida no vale la pena. No porque sea débil, sino porque el dolor emocional puede volverse insoportable.

No es solo de “enfermos”

El suicidio no pertenece a un solo tipo de persona. Puede aparecer en alguien que vive agobiado por la culpa, en alguien que siente que ya no puede más, en alguien que quiere vengarse o enviar un mensaje, o en una persona que parecía “normal” y que, tras una pérdida, una humillación o un dolor físico crónico, siente que ya no hay salida.

No hay que etiquetar a nadie. Cada persona vive su dolor de manera única. Lo que para uno es soportable, para otro puede ser una carga imposible.

Cómo se llega a ese punto

La vida cotidiana se sostiene en pequeñas cosas: proyectos, familia, amigos, esperanza, palabras que nos dan sentido. Cuando todo eso se va vaciando, la persona puede sentir que nada importa. Se aísla. El dolor se vuelve lo único real. Entonces el suicidio aparece no como un deseo de morir, sino como un deseo de que pare el dolor y la muerte se piensa como una salida ante un dolor del cual es imposible huir porqu es un dolor que está adeheiodo a nosotros mismos

A veces es un impulso, en medio de una angustia enorme. Otras veces es una decisión pensada, fría, como un último mensaje: un grito, una acusación, una rendición.

La máscara del payaso triste

Hay personas que se esfuerzan por mostrarse felices y por hacer felices a los demás. Detrás de esa sonrisa puede haber una tristeza profunda. Es una forma de negar el dolor: “No estoy triste, estoy bien”. Pero es agotador.

La persona se convierte en el pilar de todos, y nadie le pregunta cómo está. Se siente sola e incomprendida. Cuando la máscara se rompe, puede venir el colapso. A veces, la persona con más riesgo no es la que grita, sino la que sonríe demasiado y dice que todo está perfecto.

La tristeza no es el enemigo

La tristeza es humana y necesaria y puede ayudar a parar un dolor muchas veces. Ayuda a elaborar las pérdidas. Lo peligroso es negarla. No hay que forzar la alegría ni decir “alégrate” a quien está sufriendo. Acompañar el dolor sin querer quitarlo de inmediato ya es una forma de ayuda.

Qué podemos hacer

Estar atentos: aislamiento, despedidas extrañas, regalar cosas importantes, hablar de ser una carga, tristeza profunda o alegría exagerada.

Preguntar con sinceridad: “¿Cómo estás de verdad?”. No sirve decir “tranquilízate”.

Escuchar sin juzgar, sin comparar, sin dar consejos rápidos.

Permitir el llanto y el silencio.

No dejar sola a una persona en riesgo inmediato. Buscar ayuda profesional o llamar a emergencias.

Acompañar en cosas concretas: un trámite, una llamada, una compañía.

Volver a preguntar después: saber cómo siguió.

Cuidar los lazos: familia, amigos, comunidad. La prevención no es solo tarea de psicólogos.

Conclusión

El suicidio es un acto límite. No es solo un síntoma ni una etiqueta. Es la señal de un dolor que no encontró palabras. Escuchar a tiempo, sin juzgar, puede salvar. No se trata de tener todas las respuestas, sino de estar dispuestos a no dejar solo a quien sufre.

Si tú o alguien que conoces está en peligro, llama a emergencias o a una línea de crisis de tu país. Hablar y escuchar también salva.

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