Ante los alarmantes indicadores que saltaron, de nuevo, en la evaluación internacional PISA, el desafío educativo de nuestro tiempo “consiste en formar personas capaces de comprender, cuestionar, argumentar y formular mejores preguntas”, afirma el director académico de la Universidad Nacional de Pilar (UNP), Adilio Lezcano. Actualmente, “aquello que puede ser registrado, medido y exhibido adquiere mayor valor que aquello que requiere tiempo para ser comprendido”, advierte.
El director académico de la Universidad Nacional de Pilar, Adilio Lezcano (*), analiza múltiples razones en torno a la baja calidad educativa y sus resultados en estándares internacionales como la prueba PISA. Entiende que el gran desafío de nuestro sistema educativo es generar las condiciones para que la gente lea, comprenda e interprete.
Sostiene que los datos de PISA no pueden ser ignorados, pero no deberían conducir a la docencia a la autoflagelación.
En primer término, sostiene que un docente tiene responsabilidades pedagógicas, pero no determina las condiciones materiales, sociales, económicas y políticas en las que desarrolla su tarea.
Entiende que esta baja calidad de nuestra educación formal se da en un contexto de docentes mal remunerados, escuelas precarizadas, estudiantes atravesados por dificultades sociales y económicas y una sociedad sometida a políticas de empobrecimiento, factores que debemos considerar.
En ese contexto, durante las últimas décadas, “el enfoque sistémico fue delimitando buena parte de las prácticas escolares. Pensamos la educación como un sistema de contexto, insumos, procesos y productos, siguiendo la lógica CIPP. Evaluamos entradas, procedimientos, resultados y evidencias”.
Entonces, reflexiona, el problema aparece cuando esta racionalidad deja de ser un recurso para comprender el sistema y se convierte en una forma de gobernar la escuela.
“Aquello que puede ser registrado, medido y exhibido adquiere mayor valor que aquello que requiere tiempo para ser comprendido”, insiste.
Según Lezcano, esto puede observarse en muchos proyectos áulicos, en los que se planifica, se ejecuta, se fotografía y se presenta, convirtiéndose en una evidencia para una plataforma, una evaluación o una publicación institucional.
En su análisis, ahí, en ese momento, aparece una paradoja: la evidencia del aprendizaje puede terminar sustituyendo al aprendizaje mismo. “Tenemos el proyecto, la fotografía, el producto y la publicación. Pero queda una pregunta esencial: ¿qué aprendió realmente el estudiante?”.
Arriesga que, cuando la evidencia se convierte en finalidad, corremos el riesgo de producir una ficcionalización del aprendizaje. “Se construye una escena que demuestra que algo ocurrió, pero no necesariamente aquello que ocurrió en la mente del estudiante”, advierte.
A su criterio, este problema adquiere otra dimensión cuando incorporamos la transformación tecnológica. “No afirmo que la inteligencia artificial explique los resultados de PISA. No existe evidencia suficiente para establecer esa causalidad. Pero sí constituye una variable nueva que debemos investigar”, aclara.
Le resulta pertinente pensar la relación en clave de Sadin, como una trinidad fractal: tecnología, cuerpo y sociedad.
“La tecnología no permanece fuera de nosotros. Se incorpora a nuestras prácticas, modifica nuestros hábitos y esos hábitos terminan transformando nuestras relaciones con el conocimiento”, asume.
Sadin (Éric) ha advertido sobre las transformaciones que las tecnologías contemporáneas producen en nuestras conductas y en nuestra relación con el mundo.
“Benasayag (Miguel), desde otra perspectiva, nos obliga a pensar la inteligencia en relación con los hábitos que configuran nuestros modos de funcionamiento”.
Infiere que antes, no saber implicaba detenerse, intentar, equivocarse, revisar y volver a intentar. “Hoy existen sistemas capaces de producir una respuesta inmediata”, agrega.
La docencia
No basta —dice— con formar docentes capaces de aplicar metodologías. Necesitamos docentes capaces de comprenderlas, cuestionarlas y decidir cuándo tienen sentido.
Por eso, criticar al magisterio como responsable de esta situación es insuficiente. El problema es sistémico y requiere una respuesta como política de Estado.
La lectura
Según Adilio, necesitamos volver a poner en el centro la lectura, la escritura, el razonamiento, la resolución de problemas y el pensamiento científico. No para rechazar la tecnología ni tampoco para regresar al pasado, sino para que las nuevas tecnologías puedan ser utilizadas desde capacidades humanas que permitan comprenderlas, cuestionarlas y decidir qué hacer con ellas.
Asume que los resultados de PISA deberían servirnos para algo más que mirar una posición en una tabla. Deberían obligarnos a detenernos, leer, pensar e investigar.
“Porque la pregunta fundamental no es solamente por qué nuestros estudiantes obtuvieron determinados resultados. La pregunta es qué tipo de aprendizaje estamos construyendo y qué tipo de sujeto estamos formando en una sociedad donde la tecnología puede producir cada vez más respuestas”.
Entonces, para él, el desafío educativo de nuestro tiempo “no consiste solamente en conseguir mejores respuestas. Consiste en formar personas capaces de comprender, cuestionar, argumentar y formular mejores preguntas. Y esa tarea, como universidad pública, no podemos eludirla”.
Breve reseña de Lezcano
Adilio Gabriel Lezcano Caballero es Director General Académico y de Investigación, docente e investigador en la Universidad Nacional de Pilar (UNP), con formación en el área de las Matemática. Es Licenciado en Matemáticas, Magister en Ciencias de la Educación con énfasis en investigación científica; y especialista en docencia universitaria. Posee varios diplomados, entre ellos en Economía política y en Historia. Actualmente, cursa el doctorado en Educación en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), Argentina.