Por qué nuestros hijos “duermen” en la red


Es una gran preocupación de padres, madres e instituciones las horas que pasan en Internet, principalmente los adolescentes. Y también el contenido de larga estadía en el túnel cibernético. Cómo los estamos acompañando en distintos ámbitos de su desarrollo. 

AM sale de la pieza refunfuñando. Acaban de derrotarlo en un video juego. Su oponente había comprado mejores armas. Así cualquiera, se queja. Recoge pan de la repisa, jamón de la heladera y vuelve a la habitación para retomar un nuevo round del Class Royal.

Entre ratos de video juegos, se conecta con su cuenta de Tictoc. Ahí su racha está en 40.

40 días de diaria conexión. Alguna vez llegó a 120 días.

De a ratos también busca información sobre Cristiano Ronaldo, Leonel Messi y la Premier Leage. También anda detrás de Lamine Yamal y Arda Güler.

La madre lo llama para el almuerzo. Le pide, por favor, que deje el celular en su pieza. AM viene de buenas ganas. Ha esperado, en línea, esa tarta de jamón y queso, con mucho huevo y cebolla.

Su madre busca temas pendientes para abordar con él: la proximidad de la escuela, qué hará con la natación y cómo reorganizará su rutina cuando lleguen las clases.

Faltan a entonces tres días para el retorno a la escuela. Al segundo de la media.

AM responde en automático. Come rápido, voraz, no se sabe si por hambre o por ganas de volver al celular.

Aunque prefiere la computadora para los juegos, cuando la madre está, debe conformarse con su Honor.

A veces su madre piensa que esa plata que desapareció de su gaveta la pudo haber utilizado su hijo en video juegos. Pero tiene miedo a enfrentarlo. En el fondo sabe que la respuesta, mirando abajo, será: “no, mamá”.

Le duele la posibilidad de que el dinero que juntó para el uniforme y los  útiles escolares se haya esfumado en video juegos.

En la víspera, le ha pedido tanto a la madre y al padre que no se les ocurra acompañarlo a la escuela.

Porque “sería un quemo”.

Duermen sobre sus celulares

En la casa de José, en Anahí, San Lorenzo, sus nietos menores, de cinco y seis, están intentando con un palo de tacuara recoger el avión de papel que se les ha escurrido más allá del tejido. No lo alcanzan. Entonces, le piden una mano a un muchacho que recorre la cuadra con limones. El muchacho, con zapatillas, recoge el avión y lo lanza hacia la casa. Luego de un recorrido corto, el avión se les queda entre las copas de un arasa. Ambos miran, calculan. La nena de seis asume el desafío. A buscar el avioncito de papel.

Adentro, sin embargo, Lili y Sami, las hermanas mayores, de 14 y 15, luego del desayuno, se han metido otra vez a la habitación. De ahí van a salir solo para comer.

“Así son. Duermen con sus celulares. Hasta las dos de la mañana.  No sé qué hacen tanto”,  se pregunta José (72 años) en tanto apura su poroto ipokue. Luego debe volver a su taller de carpintería.

“Están ahí como sonámbulos. Si vos no les pedís, por favor, que hagan algo, no harían más que estar sobre la pantalla”, dictamina la abuela de Luján y Abi, ya este 1 de marzo.

-No, abue, ahora solo los fines de semana-reacciona Luján.

Efectivamente, los chicos ya han vuelto a clase, y en el caso de Luján, a tecnicatura en Química, en un colegio en Ñemby.

-Ahí tenemos solamente 14 materias.

-Cómo que solamente 14, eso ya suena muchísimo.

-Nooo, hay tecnicaturas de 22.

-¡No puede ser!

Lujan ahora se interna en las redes solo los fines de semana.

Además de las 14 materias, práctica vóleibol. Asume que lo ha hecho por La serie Haikyu. Este animé, de puro varones de colegio, ha puesto de moda el vóleibol entre las niñas y adolescentes. Y así como los padres acompañan a AB a sus torneos de fútbol, los padres lo hacen con Luján.

Las Clases

Efectivamente, han retornado las clases, y para muchos padres, sobre todo aquellos que, como Julián Pérez, están afuera de casa más de doce horas diarias, es un alivio. Un gran alivio.

Pero al llegar a casa, antes que su pareja, les encuentra a Tami y Juanjo “hesa bolitopa pe Internet re” (algo así como ojos completamente perdidos en internet)

Ahora, en la escuela, una buena parte “del problema” se ha trasladado a los profes.

Allí hay una resolución ministerial para que los chicos no usen celulares en clase.

En la práctica, hay varias modalidades.

Hay colegios privados en los que desde este año se ha prohibido que los chicos lleven. Todas las comunicaciones con los padres se hacen a través de los profes guías.

En la escuela de Luján pueden meter, pero, bajo ningún caso pueden usar, con amenaza de apercibimiento de dirección, previa comunicación de los padres

“Igual nomas están ahí manipulando debajo de las mesas. No deberían ir con celular”, reclama la abuela, una ex maestra sustituta de la escuela San Roque, Capiatá.

-Nooo, la mesa tiene agujeritos por dónde se ve la luz del celular, abuela-arriesga Abi, con una media sonrisa socarrona.

-Nambrena, quien pio no les conoce. Ya no atienden nada.

El Mundo Adentro

Hace rato que no se los ve, principalmente a las adolescentes, en las calles, en las plazas, en los colectivos, salvo cuando están con sus padres. O cuando en bandadas salen del colegio y esperan el cole.

“Acá tené todo y de todo”, responde AB mientras apura el juego con su “gran amigo” Luis, un joven de su misma edad de una localidad de Itapúa.

Así, el celular, principalmente, y la computadora en sociedades de clase media, se han convertido en una prótesis del cuerpo.

Qué hacer.

En un primer momento, la madre de AM le había puesto el control parental. Hasta las 10 de la noche podía usar. Pero ahora, luego de consultar con una sicóloga, experta en adolescentes, ya apela al “uso consciente”, marcado por programas bien definidos. A tal hora, la natación, a tal hora la tarea escolar, a tal hora el parque.

“Hay que estar permanentemente marcando pauta. Yo trabajo en casa. No sé cómo lo están manejando los padres que trabajan afuera”, nos dice la madre.

“Llego agotada a la casa. Aún así veo qué hacer con ella (Tami) . Ahora estamos leyendo Julio Verne antes de dormir. Y los fines de semana la acompaño a sus torneos de tekondo. Hasta ahí lo que puedo”, nos cuenta a la llegada de su trabajo, en el centro de Asunción, otra madre de adolescente.

Los gobiernos

El presidente Luiz Inácio Lula Da Silva, alarmado y prometiendo regulación, ha dicho: “El casino está en la palma de la mano de sus hijos de 14 años, que toman sus celulares y juegan, muchas veces, gastando el dinero que no se tiene”.

Es un mundo, finalmente, donde hay de todo, la gran preocupación parece no tanto el tiempo que pasan, que también crea una serie de problemas físicos y mentales (depresión, ansiedad), si no saber qué hacen en ese túnel cibernético.

-Qué-se pregunta, alarmada, Olga Miranda, la abuela de Luján y Abi.

Esa grave preocupación está instalando el debate en todas partes del mundo.

Hace poco tiempo, el presidente español, Pedro Sánchez, adelantó una propuesta de ley para prohibir el acceso a las plataformas de niños y adolescentes, ganándose con esta propuesta un ataque enfurecido del magnate tecnológico Elon Musk.

Las plataformas –dijo entonces- son un lugar donde “se ignoran las leyes y se tolera la delincuencia. Donde la desinformación vale más que la verdad y la mitad de los usuarios sufren discursos de odio”.

Un Estado Fallido

En fin, son, a su criterio, “un Estado fallido en el que los algoritmos distorsionan el debate público y nuestros datos e imágenes son pirateados y vendidos. Solo en el ultimo año, Tik tok ha sido acusada de tolerar cuentas maliciosas que compartían material de abuso infantil generado por IA. Se trataba de rostros de niños reales colocados en cuerpos desnudos falsos”.

Juegos en línea y abuso infantil son algunas de las grandes preocupaciones actuales de los padres.

Como hay de todo, también los muchachos buscan información.
Por el lado cognitivo, al igual que los adultos, aunque con mayores riesgos en niños y adolescentes, estamos perdiendo capacidad de concentración y de profundización temática.

“De hecho, los reeles están hechos para eso. Si en cinco segundo tu contenido no llama la atención, la gente pasa a otra cosa”, define la comunicadora Elisa Mareco Mersal.

Ahora ya en clases, la maestra Miguela Benítez, con materia en seis colegios de la zona metropolitana, entiende que hay que incorporar el celular a las clases, para investigar.

“Son auxiliares de investigación, pero el trabajo se tiene que hacer en clase. Las cosas que encuentran tienen que usar como insumo en una redacción propia. Si no es en clase, úle, pura inteligencia artificial”.

Las Clases

El retorno a clases es una gran ceremonia social hoy. Para muchos adolescentes, es casi su único vínculo presencial cotidiano.

Y así como los padres estamos muy atentos y preocupados por sacar a nuestros hijos del túnel cibernético, así también las profes deben hacer de todo para concitar la atención.

“Ya nada les motiva, les interesa, aparentemente, fuera de los contenidos del celular. Hoy es el más grande desafío de los docentes. Hacemos muchas cosas para ellos, pero ellos están en ese mundo. Ese es el mundo de sus intereses”, exclama la licenciada Lida Gómez, profe de varios colegios de General Delgado, Itapúa.

Qué hacer según la psicología 

El sicólogo Juan Pablo Cibils, uruguayo, fuente recomendada por Unicef, nos recuerda que la adolescencia es una transición entre la niñez y la juventud.

Y que son ambos momentos los que juegan en su personalidad. En este tiempo el deseo de pertenecer a un grupo y el miedo a ser rechazado son permanentes. Y encuentran ese espacio ahora en la red. El de la pertenencia.
“Con un like soy un poco màs feliz, más seguro”, emula.

A los adultos nos da mucho miedo. Y si no atendemos las formas, “cuando nos acercamos a ellos los terminamos ahuyentando”. 

Según Juan Pablo, hay un grupo muy  importante de adolescentes que no logra hablar con ningún adulto cuando les pasa algo en la red.

“Cuidando su privacidad, hay que acercarse a sus mundos”, recomienda.

Preguntar sí, pero mejor si somos escucha y no juez de lo que están haciendo. 

Y nunca olvidarnos que si bien están en periodo de afirmación de su propia identidad, siguen esperando sostenerse en los padres.

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