La militarización del espacio cercano a la Tierra avanza inexorable. Las superpotencias no parecen dispuestas a resignar ventajas estratégicas. Las consecuencias eventuales para la humanidad, en caso de un enfrentamiento bélico en el espacio sideral, pueden ser catastróficas.
Terminada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ejecutó la “Operación Paperclip”, concebida para incorporar a los mejores científicos, ingenieros y técnicos alemanes expertos en cohetería y otras áreas tecnológicas.
El ingeniero y oficial de las SS Werner M. F. von Braun, padre de la bomba V-2, primer misil balístico de la historia, y unos 500 hombres de su equipo, se entregaron a los estadounidenses antes de ser capturados por la Unión Soviética.
Los soviéticos tenían su propio genio en cohetes, Serguéi Koroliov, quien, tras experimentar los rigores del gulag estalinista, fue rehabilitado en 1955 y puesto al frente de los esfuerzos misilísticos soviéticos, tanto los militares como los de exploración espacial.
Los rusos, también con la ayuda de técnicos alemanes, lograron previamente, en 1947, lanzar el primer misil V-2 soviético y proyectar el primer misil balístico intercontinental de la historia, con capacidad para lanzar una bomba atómica de 5 toneladas sobre los Estados Unidos.
De Paperclip al Spútnik: el origen de la carrera espacial
Con el lanzamiento del primer satélite artificial al espacio por los soviéticos, el “Spútnik”, el 4 de octubre de 1957, se inició la era espacial y el frenesí de las superpotencias por el dominio del espacio ultraterrestre. Los primeros satélites poseían solo una capacidad limitada de comunicaciones, no más que la emisión de ondas de radio.
Pero, desde 1960, los Estados Unidos, con el satélite artificial Discoverer XIV y, en 1962, la Unión Soviética con la serie de satélites Cosmos, adquirían la capacidad para observar la superficie de la Tierra, fotografiarla, filmarla y recuperar la película.
La comunidad internacional, por medio de la ONU, intentó frenar este inicial aceleramiento armamentista de las superpotencias enfrentadas en la Guerra Fría. En 1967, ambos países firmaron el “Tratado sobre los principios que deben regir las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, incluso la Luna y otros cuerpos celestes”, denominado “Tratado del Espacio Ultraterrestre”, firmado el 27 de enero de 1967 y que entró en vigor el 10 de octubre de 1967.
Allí se regula la exploración y utilización del espacio ultraterrestre, e incluye a la Luna y a otros cuerpos celestes, con fines pacíficos. Este tratado puede considerarse la base jurídica internacional para la utilización del espacio con fines pacíficos y proporciona un marco legal general para el desarrollo del derecho internacional.
El vacío legal de 1967 y la ilusión de la Guerra de las Galaxias
El Tratado, sin embargo, adolecía de una grave falla: prohibía la militarización activa, sin hacer referencia a las actividades que implican un apoyo directo a las operaciones militares, como el espionaje, las comunicaciones y el apoyo logístico. Esto llevó al uso dual de los satélites, con propósitos tanto civiles como militares, especialmente en el área de comunicaciones, observación terrestre, reconocimiento y alerta sobre las actividades militares del adversario.
Durante la presidencia de Ronald Reagan, específicamente en el año 1983, los EE. UU. lanzaron la “Iniciativa de Defensa Estratégica” (SDI, por sus siglas en inglés), más popularmente conocida como “Guerra de las Galaxias”, que proponía la creación de un escudo espacial que detectara y eliminara los misiles enemigos durante la fase de lanzamiento y navegación, sin tener que hacer uso de tecnología nuclear. Se utilizarían láseres pulsados, láseres de onda continua, rayos de partículas, aceleradores de masa y misiles interceptores que podrían desplegarse en órbita, o bien ser lanzados desde tierra una vez detectados los misiles enemigos. Esta ambiciosa iniciativa estratégica, desde el principio, encontró mucho escepticismo por su complejidad técnica y su ingente costo, a tal punto que se acusó a la “Guerra de las Galaxias” de ser un esfuerzo propagandístico y de guerra psicológica más que un auténtico proyecto militar.
La disolución de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría supusieron también el final definitivo para la Iniciativa de Defensa Estratégica.
Dragones y fuerzas espaciales: el nuevo duelo entre Washington y Pekín
China, que inició su programa de exploración con varios años de retraso en relación con rusos y norteamericanos, es hoy el gran antagonista de los EE. UU. en el predominio del espacio. El gigante asiático puso en órbita estaciones espaciales como las Tiangong I y II en 2011, tripuladas de manera permanente. Lidera la exploración lunar con el programa Chang’e desde 2013 y, en 2021, con la nave Tianwen-1, desplegó un róver de exploración en la superficie del planeta Marte.
Aunque los chinos, junto con Rusia, proponen la firma de un tratado que prohíba todo despliegue de armas en el espacio, poseen satélites de vigilancia, inteligencia y comunicaciones, además de misiles antisatélite, rayos láser y guerra electrónica.
El satélite chino Shijian-21, puesto en órbita en 2022 con capacidad de remolcar y arrojar fuera de trayectoria a otros satélites, fue presentado como un dispositivo especializado para combatir la denominada “basura espacial” (satélites en desuso o restos de otras naves que quedan orbitando la Tierra), pero los estadounidenses sospechan que pueda usarse contra sus satélites en caso de conflicto.
Durante la primera presidencia de Donald Trump, en diciembre de 2019 y por ley del Congreso norteamericano, se creó una rama específica de las Fuerzas Armadas estadounidenses: la Fuerza Espacial de los Estados Unidos (USSF, por sus siglas en inglés, United States Space Force).
Trump declaró que es vital para su país mantener el predominio en el espacio. Hace poco, el 16 de septiembre, Estados Unidos reconoció, sin entrar en detalles, que posee armas desplegadas en el espacio para defenderse ante acciones hostiles de adversarios. Por su parte, el Ejército Popular de Liberación de la República Popular China, desde 2024, tiene su propia Fuerza Aeroespacial.
La militarización del espacio cercano a la Tierra avanza inexorable. Las superpotencias no parecen dispuestas a resignar ventajas estratégicas. Las consecuencias eventuales para la humanidad, en caso de un enfrentamiento bélico en el espacio sideral, pueden ser catastróficas.