¿Por qué han aumentado más del 100% la ansiedad y la depresión en los adolescentes en el Norte Global? ¿Son los celulares y las redes o son las exigencias académicas y la sobreprotección de los padres? En esta nota nuestro articulista Gustavo Reinoso nos trae dos miradas expertas muy controversiales.
Aunque existieron estudios y trabajos académicos anteriores que advertían sobre el efecto pernicioso de las pantallas, los teléfonos inteligentes y las redes sociales en niños y adolescentes, fue el psicólogo estadounidense Jonathan Haidt, profesor de la Universidad de Nueva York, quien, desde el campo de la psicología social, sistematizó los argumentos y dio difusión masiva y visibilidad a los efectos del acceso temprano de los menores a dispositivos móviles y redes sociales.
En su libro La generación ansiosa (2024), examina el alarmante aumento de la ansiedad, la depresión y otras patologías de salud mental en los jóvenes en nuestra era digital, marcada por el uso masivo de smartphones y redes sociales. Basado en estudios ejecutados con rigor científico por institutos y universidades de EE. UU., el Reino Unido y otros países, Haidt expone estadísticas reveladoras. El porcentaje de adolescentes estadounidenses (de 12 a 17 años) que tuvieron al menos un episodio depresivo mayor aumentó un 145 % en el caso de las mujeres y un 162 % en el de los hombres entre 2010 y 2021, llegando a representar un 30 % del total de mujeres adolescentes y un 12 % de los hombres en ese rango etario. Tendencias similares se observan en Canadá, Reino Unido, Nueva Zelanda y en un conjunto de países nórdicos analizados.
El cambio drástico en las tendencias se registra en las estadísticas a partir de 2010 y el aumento se concentra, fundamentalmente, en los trastornos relacionados con la ansiedad y la depresión. De ahí que tampoco parezca casual que la tasa de autolesiones entre los jóvenes norteamericanos casi se haya triplicado entre 2010 y 2020, siendo las mujeres jóvenes las más afectadas.
Cabe preguntarse: ¿qué ocurrió a partir de 2010?
Haidt concluye que la combinación entre la masificación de los smartphones y el auge de las redes sociales se produjo a partir de 2010. A lo que habría que agregar que el iPhone 4, lanzado en 2010, fue el primer teléfono inteligente que introdujo una cámara frontal para selfis, abriendo una nueva forma de visualizarnos y de proyectar nuestra imagen ante los demás.
En La generación ansiosa se denuncia que se está produciendo una gran reconfiguración de la infancia, ocasionada por una brusca transformación tecnológica que da paso a una nueva niñez y adolescencia basada en el teléfono, marcando el fin definitivo de la infancia lúdica, centrada en el juego y las interacciones presenciales, cruciales para el desarrollo emocional, psíquico, social y cultural de los individuos. El psicólogo social sostiene que los patrones sociales, los modelos a seguir, las emociones, la actividad física e incluso los patrones de sueño se modificaron fundamentalmente, primando una sujeción de la voluntad adolescente a lo que acontece en torno a los dispositivos móviles. Los menores, pese a tener cientos, miles o millones de seguidores y compartir minuto a minuto “likes”, se sienten cada vez más aislados, solos, con menor capacidad de atención, frágiles o inútiles.
Haidt no se limita a un crudo diagnóstico, también plantea una batería de recomendaciones: no a los smartphones antes de los 14 años. El autor distingue entre smartphones y celulares convencionales. Los primeros no son recomendables por llevar internet a la palma de las manos de los adolescentes; los segundos son eventualmente necesarios por necesidades de comunicación.
No a las redes sociales antes de los 16 años. El autor considera que internet puede ser una herramienta maravillosa, pero no así las redes sociales, que atrapan y socavan las estructuras de personalidad de los jóvenes.
Salas de clases libres de celulares, evidenciando los efectos negativos en el clima de aula, la concentración y el aprendizaje que producen los teléfonos inteligentes cuando no son utilizados como herramientas pedagógicas.
Exponer a los jóvenes a la interacción con el mundo real —inclusive a sus riesgos—, a la acción colectiva, al uso del transporte público y a realizar trabajos a tiempo parcial; en definitiva, a enfrentar la responsabilidad individual y fomentar su autogobierno vital.
La controversia
Un ilustre colega de Haidt, con quien llegó a trabajar, profesor de Psicología del Boston College, Peter Otis Gray, se muestra en profundo desacuerdo con su diagnóstico sobre las causas del declive de la salud psicológica en niños y adolescentes.
En su opinión, el análisis sugiere, de forma poco probable, que quitarles los teléfonos a los niños los impulsaría a explorar libremente como lo hacían sus abuelos, eliminando, en realidad, las pocas libertades que les quedan: la comunicación privada con sus amigos y cierta libertad de movimiento.
Gray expone que la crisis de salud mental que afecta a los niños es real, pero que no tiene absolutamente nada que ver con los teléfonos inteligentes y las redes sociales. El verdadero problema, afirma, radica en las escuelas, en el aumento excesivo de las exigencias académicas. Para fundamentar su punto, cita el estudio anual “Estrés en Estados Unidos” de la Asociación Estadounidense de Psicología, que encuestó a niños en 2009 y en 2013, lapso en el que se implementaron estándares académicos más exigentes en las escuelas norteamericanas. En 2009, el 43 % de los adolescentes estadounidenses afirmó que obtener buenos resultados académicos era una fuente de estrés en sus vidas. En 2013, esta cifra aumentó al 83 %. En su investigación encontró datos de encuestas similares realizadas antes y después de la implementación de reformas educativas parecidas en Suecia e Inglaterra.
Para Gray, el mayor peligro es buscar un solo responsable de la crisis de salud mental de los menores —la tecnología—, cuando en verdad tiene varias causas: la falta de libertad y de juego libre en los niños en nuestros días, que les impide socializar y aprender a gestionar frustraciones por sí mismos, la sobreprotección de los padres y la presión por el éxito académico desde muy temprana edad, entre otras.
Las medidas que ya se han tomado
En un informe de la UNESCO, dado a conocer en marzo de este año, al menos 114 sistemas educativos en el mundo han puesto en vigencia prohibiciones para el uso de celulares en las escuelas. Normativas restrictivas de nivel nacional rigen actualmente en Países Bajos, Francia, Brasil, Nueva Zelanda, Corea del Sur, Grecia, Hungría y Portugal. Varios países más se encuentran estudiando medidas similares.
En cuanto a las redes sociales, Países Bajos impulsa una iniciativa para prohibir en toda la Unión Europea el acceso de menores de 16 años a las redes sociales y exigir una edad mínima de 15 años para aplicaciones como Instagram, TikTok y Snapchat. La Asamblea Nacional francesa aprobó recientemente la prohibición del acceso a redes sociales para menores de 15 años. El Gobierno español, por medio de su proyecto de ley de protección de menores en entornos digitales —actualmente en trámite en el Congreso de los Diputados—, no solo busca implementar medidas similares, sino que también pretende tipificar jurídicamente la responsabilidad de los directivos de las plataformas que no retiren contenido ilegal o peligroso para los menores. Reino Unido y Dinamarca también impulsan legislaciones similares. Australia es el primer país en contar con una ley de alcance nacional que restringe el acceso de los menores a las redes sociales, desde diciembre del año pasado.