En Bolivia estalló y no necesitó de granjas de bots para marcar tendencias en los medios. Dejó en evidencia lo que ya se intuía o ya se sabía. Miles de cuentas falsas hacen que una opinión se viralice en segundos y que una mayoría crea que algo es verdad por masiva aprobación inmediata. Entonces, qué es una granja de bots, cómo se instala, cómo monetiza y qué leyes hay.
En un departamento del condominio de Aranjuez, en La Paz, la Fiscalía encontró lo que describió como una “mini granja de bots”. No era un galpón con cientos de celulares, como en los videos virales falsos que circularon de Vietnam. Eran cajas con modems USB, un hub, un microserver y más de cuarenta mil dólares en efectivo, que en otros allanamientos sumaron más de medio millón de bolivianos.
El lugar estaba vinculado a Fernando Cerimedo, el estratega digital de Javier Milei, ex asesor de Jair Bolsonaro y hasta hace días asesor del presidente boliviano Rodrigo Paz. Hoy está detenido, acusado de intento de feminicidio contra su expareja y investigado por enriquecimiento ilícito.
Su defensa dijo que eran teléfonos satelitales. La Fiscalía los secuestró para peritarlos.
Qué es una granja
Un bot es una cuenta que no maneja una persona, sino un programa que publica, comenta y da like como si fuera humana. Cuando miles actúan juntas, se las considera una granja.
Según el experto Santiago Siri estas granjas hoy se montan en la nube, con servicios como Amazon Web Services, generando miles de IP falsas. Lo de La Paz era justamente eso: un kit de proxy residencial para simular que hay miles de personas opinando desde lugares distintos sin que X o Instagram se den cuenta.
La figura de la granja
Primero se crean las cuentas, luego se las “engorda”: se les pone foto, se las hace seguir a famosos y comentar de fútbol, cosméticos, economía, política, para que parezcan reales. Cuando tienen seguidores, se las recicla como militantes. El propio Cerimedo lo admitió: “Acá hay inteligencia artificial y granjas de trolls. No percibís que no es una persona: hay cuentas que tienen 30 mil seguidores”.
Par qué sirve
Su uso hoy es ya muy extendido y amplio, pero es su manejo en comunicación política donde esta realidad virtual asedia con mayor evidencia.
Según la investigadora Natalia Aruguete, estas máquinas alteran las condiciones de la conversación. Inflan artificialmente un mensaje, instalan un hashtag, atacan a un oponente y producen una apariencia de consenso.
Entiende que si vemos 8.000 retuits en cinco minutos, nuestro cerebro piensa que si tantas personas asumen algo y las repostea debe ser importante.
A la caída de la granja de “minibots” en Bolivia, cuentas que acumulaban cientos de miles de interacciones empezaron a mostrar números menores. El caso más medible es La Derecha Diario, fundada por Cerimedo: según monitoreos citados por Sin Línea, sus interacciones cayeron hasta 50% o más tras la detención. El especialista Martín Gak señaló la misma caída en influencers y candidatos de ultraderecha. En Chile, dos cuentas de troleo, Neuroc y Drestrump, desaparecieron el mismo día.
Hasta hoy no hay un peritaje que pruebe que esos equipos manejaban directamente las cuentas de Milei o Agustín Laje, uno de los ideologos de la “batalla cultural” de la considerada ultra derecha. Esa correlación no es todavía prueba judicial. Pero el antecedente es que el propio Cerimedo admitió manejar 50.000 cuentas solo para Argentina.
El otro motivo: la plata
Viralizar contenidos a través de cuentas falsas es muy rentable.
Las plataformas como X, YouTube pagan a partir de ciertas cantidades de vistas, reposteros e interacciones.
Es claro entonces que si se contrata el servicio de una empresa los mensajes emitidos a través de los contenidos virtuales las posibilidades de monetizar (ganar dinero) son muy superiores.
En política, si tuvéesemos que separarla de la economía y las numerosas formas empresariales, el negocio grande no es lo que paga la plataforma. Es lo que paga una persona para posicionar sus contenidos, generar tendencias, aprobación inmediata y reprobacion inmediata de adversarios con frases preestablecidas.
Un memorando presentado ante el Departamento de Justicia de EE.UU. muestra un contrato de la agencia de Cerimedo, Numen, para la campaña de Javier Milei en la Argentina.
Un proyecto para que Milei pareciera tendencia espontánea.
Parece un círculo perfecto: los bots inflan los números, los números hacen que la plataforma les pague y que el algoritmo muestre más, y al mostrar más, más gente real cree.
¿Y la ley?
El Estado California, Estados Unidos, prohibió en 2019 con la B.O.T. Act que un bot se haga pasar por humano para influir sin identificarse. Brasil, con la Resolución 23.610/2019 y el proyecto PL 2630, propone prohibir robots para desinformar y multar a las plataformas con hasta 10% de su facturación. La Unión Europea aplica desde 2024 la Digital Services Act y ya multó a X con 120 millones de euros por incumplirla. En 2020, Facebook demandó a la red Massroot8 por vender likes falsos.
En Paraguay, Argentina y Bolivia no hay tipo penal de granja de bots. Por eso en Bolivia tuvo que encuadrarse como enriquecimiento ilícito. Hasta que la ley no nombre al bot por su nombre, estos casos van a seguir apareciendo en policiales cuando en realidad “son atentados a la democracia”, al decir de Leonardo Gómez, especialista en derechos digitales.
Según el director de La Base, América Latina, Pablo Iglesias, esta forma de hacer política a través de la comunicación es una vía por la cual los sectores considerados hoy de ultra derecha “están ganando la batalla cultural” al minar el pensar de la gente con sus credos y haceles creer que sus intereses son los intereses de la mayoría.