Representó a Paraguay en una competencia mundial de robótica en Rumania. Su tesis de grado es una máquina que ayuda a mejorar la producción de la lechuga hidropónica. A sus 26 años, administra una academia para estudiantes de Ingeniería y Arquitectura que él mismo fundó. Sueña con una industria Made in Paraguay. “No nos limitemos solamente a importar máquinas y tecnología, sino que, progresivamente, desarrollemos nuestras propias soluciones”, exclama.
En nuestro país ya se está volviendo una rutina la robótica en varios colegios y en las carreras de Ingeniería. Con un país muy pobre en desarrollo industrial, el desafío es muy grande en los torneos en el exterior. El caso de Juan Sebastián González Ying es paradigmático. Había ganado, con su equipo, el torneo universitario y luego el nacional con un robot sumo, un robot de combate. Y recibieron la invitación para participar de un mundial en Rumania.
Con apoyo de la comunidad, rifas, colectas, bien Made in Paraguay, ya en Rumania lograron pasar la primera ronda, ocupando un lugar que, atendiendo al desarrollo industrial de varios países, tomaron como una gran victoria. “Hay equipos con 15 años de experiencia”, exclama Juan.
¿Pero para qué concretamente les sirve a los estudiantes tener conocimiento teórico y práctico de la robótica?
Vayamos a la experiencia concreta y al saber de Juan.
Él nos cuenta que, para construir el robot, tuvieron que integrar distintas áreas de la ingeniería. Utilizaron conceptos de mecánica para diseñar y fabricar la estructura; electrónica para realizar todo el conexionado de sensores, motores, drivers y demás componentes; y también trabajaron bastante con control y programación.
Esto último fue especialmente importante porque se trataba de robots autónomos. Durante la pelea, no controlaban el robot de manera manual: se colocaban ambos robots sobre el ring, el árbitro daba la señal de inicio y, a partir de ese momento, cada robot debía tomar sus propias decisiones y actuar automáticamente según la programación que habían desarrollado.
“Fue una experiencia increíble. Poder representar a Paraguay en una competencia internacional fue un gran honor para nosotros”, exclama.
La experiencia también le sirvió para aprender y para darse cuenta de que el nivel de desarrollo tecnológico y la forma de trabajar internacionalmente “son bastante diferentes a lo que estamos acostumbrados a ver en Paraguay”.

Compartir el aprendizaje
Una de las cosas que más rescata de la experiencia mundial es todo lo que pudieron aprender hablando con los demás equipos.
“Muchos de ellos fueron muy abiertos con nosotros: nos explicaban cómo trabajaban, nos mostraban soluciones que utilizaban en sus robots y nos daban recomendaciones sobre qué aspectos podíamos mejorar”, comenta.
“Para mí fue una experiencia que me motivó todavía más a seguir aprendiendo y desarrollándome dentro de este campo”, afirma en la entrevista con El Prisma.
El robot sumo
Detrás del robot había toda una lógica de control que funcionaba como su “cerebro”, interpretando la información de los sensores y tomando decisiones sobre cómo moverse y enfrentarse al oponente.
Entonces, en su formación y en la formación de todos los estudiantes, la mayor experiencia es poder integrar mecánica, electrónica, control y programación en un solo proyecto y comprobar que todo podía funcionar en conjunto.
Considera que es una experiencia muy aplicable al ámbito profesional, porque esa misma lógica de integrar distintas disciplinas es la que se utiliza para desarrollar máquinas automatizadas, sistemas industriales, robots y muchos otros tipos de soluciones tecnológicas.
El país, de a poco, tiene mano de obra, cerebro tecnológico, recurso humano, pero a nivel de industrias es muy poco lo que acá se desarrolla en soluciones para áreas muy importantes como salud, transporte y cultivos.
Es el gran desafío, reflexiona Juan: “Que no nos limitemos solamente a importar máquinas y tecnología, sino que, progresivamente, desarrollemos nuestras propias soluciones”.
Hoy la mayor parte de su tiempo la dedica a la administración de la academia para estudiantes de Ingeniería y Arquitectura, pero, entre tanto, está realizando un diplomado en Lean Six Sigma, una metodología orientada a analizar, mejorar y hacer más eficientes los procesos, reduciendo desperdicios, utilizando datos para tomar mejores decisiones y buscando generar el mayor valor posible con los recursos disponibles.
Y así, como Juan, hay un mundo de jóvenes que investigan y exploran soluciones en el país para los requerimientos nacionales. Urge, al decir de varios economistas y expertos en energía, un nuevo modelo de desarrollo, que integre la producción de bienes tecnológicos, para amortiguar o equilibrar la gran dependencia de la importación, por un lado, y, por el otro, para que los jóvenes, en nuestro propio país, tengan espacios laborales de desarrollo de las ideas.
De hecho, el proyecto de tesis de González Ying y Alejandro Carísimo es una plataforma que analiza un cultivo hidropónico de lechuga (foto de nuestra portada), una que puede detectar si la lechuga está enferma y qué nutrientes necesita para que se desarrolle de la mejor manera posible.
Y así, el gran desafío: que el conocimiento de nuestra gente no quede en estudios académicos.
Los apellidos de Juan Sebastián son la conjunción perfecta de un apellido re “paraguayo”: González, y uno chino: Ying. A su llegada a Asunción, su abuelo chino se juntó con su abuela. Buena parte vivieron en Brasil. En homenaje a su abuelo, Juan Sebastián le puso el nombre a su academia.
Sí, la Academia Ying, de Asunción.
Aquel equipo de robótica Juan la había integrado con Alejandro Carísimo, Enrique Sebastián Marín, José Carlos Ríos y Paulo Ferreira, todos ingenieros hoy. Tuvieron de tutor a Francisco González, sí como aquel tenista portorriqueño que representaba a Paraguay en la Copa Davis en los 80.