En un mundo sediento de energía, la existencia de ricos yacimientos petrolíferos en la jurisdicción de las islas Malvinas renueva la disputa por la soberanía territorial. Qué hay detrás de la nueva puesta de escena de Trump y Milei
La disputa entre el Reino Unido de Gran Bretaña y la República Argentina por la soberanía de las Islas Malvinas —Falkland Islands para los británicos—, que llegó en 1982 al enfrentamiento bélico, en los últimos días regresó a la primera plana de la noticia internacional. La posición estratégica del archipiélago, en las proximidades del estrecho de Magallanes y del continente antártico, ambas rutas de navegación trascendentes, o la rica cuenca pesquera de su mar circundante, ya no son los únicos recursos económicos presentes en aquellas frías latitudes del Atlántico Sur. En un mundo sediento de energía, la existencia de ricos yacimientos petrolíferos en la jurisdicción de las islas renueva la disputa por la soberanía territorial.
En los años setenta se comprobó que el fondo marino de las aguas que circundan las islas cuenta con grandes reservas de petróleo. Esto dio lugar a sucesivas campañas de exploración que derivaron en el actual proceso de explotación petrolera a cargo de la empresa israelí Navitas Petroleum, en asociación con la empresa británica Rockhopper Exploration. Desde el año 1996, el Reino Unido otorgó licencias de exploración a pequeñas y medianas compañías. Se realizaron tres campañas: la primera en 1998, la segunda en 2010 y la tercera en 2015. Fue durante la segunda que la compañía Rockhopper encontró petróleo en la formación Sea Lion, ubicada en la Cuenca Norte, a 220 km de las Islas. En 2021, la compañía le vendió el 65% del proyecto a la empresa israelí, convirtiéndose esta última en la principal accionista y operadora de la explotación petrolera. Se estima que Sea Lion contiene 1.700 millones de barriles de crudo, proyectando ingresos que oscilarán entre los 1.500 y 3.000 millones de dólares. Las Islas podrían posicionarse como un centro mundial de energía.
Desde la llegada de Javier Milei a la presidencia argentina, en vista de que el libertario exteriorizó su alineación irrestricta con las políticas de la administración Trump, se especuló sobre cómo este entendimiento estrecho entre la Casa Blanca y la Casa Rosada podría influir en el contencioso argentino-británico por la soberanía de las Islas Malvinas. Al principio, Milei, llevado por su admiración al thatcherismo económico, soslayó la histórica reivindicación, a tal grado que abandonó la tradicional tesis diplomática argentina, fundada en la soberanía territorial y las determinaciones de la ONU sobre descolonización, abrazando en cambio la posición británica, sustentada en la autodeterminación de la población, de origen británico, de las islas. “Espero que voten por ser argentinos”, manifestó Milei en su momento.
Sin embargo, como consecuencia del mal relacionamiento del presidente Trump con los inquilinos laboristas del N.º 10 de Downing Street —antes Starmer y ahora Burnham—, que dejaron solo a los EE. UU. en su ofensiva contra Irán, en rueda de prensa el pasado 1 de septiembre Donald Trump declaró que la postura de Estados Unidos sobre las Islas Malvinas/Falklands, de tradicional apoyo al Reino Unido, es “una de muchas” que están siendo revisadas, e instó a los británicos a aumentar su gasto militar. Las declaraciones del norteamericano se dieron luego de que el diario inglés de tendencia conservadora The Daily Telegraph informara que autoridades de defensa de EE. UU. preparan iniciativas para obligar a sus aliados de la OTAN a cumplir sus compromisos de gasto militar. Una de las posibles opciones que Washington contempla, según este medio, es oponerse a la soberanía británica sobre las Malvinas/Falklands.
Acosado por una economía que no levanta cabeza, escándalos de corrupción y una creciente imagen negativa ante sus conciudadanos, el presidente argentino archivó su pretendida anglofilia, adoptando un reivindicativo tono “malvinero”. En cadena nacional radial y televisiva, Milei denunció la usurpación por parte del Reino Unido de riquezas y recursos argentinos, especialmente los energéticos. Calificó de ilegales las concesiones británicas de explotación de hidrocarburos, procedió a denunciar penalmente dichas concesiones y decretó sanciones económicas contra las empresas británicas e israelíes involucradas en el proyecto Sea Lion.
Resulta arduo discernir realidades ante este teatro de sombras chinescas que ocultan los objetivos verídicos de los actores políticos. La relación especial entre Gran Bretaña y los Estados Unidos, fraguada durante la Segunda Guerra Mundial, es tan indispensable para el actual modelo de hegemonía cultural, financiera y política global que aun las rupturistas declaraciones y actitudes de Donald Trump parecen insuficientes para arrojarla al baúl de los recuerdos. Dicho esto, no se pueden ignorar los nuevos paradigmas estratégicos de los EE. UU., centrados en asegurarse el predominio en el hemisferio americano, controlando los recursos naturales y energéticos de nuestra región. Si esta doctrina estratégica se mantiene en el tiempo, más allá de la administración Trump, es posible que presenciemos una renovada disputa en el Atlántico Sur.